7.9.17

Cuando era nacionalista


En medio de la crisis de Cataluña emprendida a dueto por la derecha más corrupta y la izquierda menos pensante, he visto con horror el proceso que el "Procés" ha provocado en algunos conocidos. Si bien siempre habían sido nacionalistas, no habían asumido el tema de la independencia de Cataluña como asunto de vida o muerte, de honra, de prioridad número uno o suficiente como para pensar en fusilar a más de uno. Ahora, al menos si nos atenemos a su discurso, la posibilidad no está del todo descartada y todo tipo de análisis racional queda excluido del panorama, sustituido por argumentos precocinados cuya fragilidad es simplemente ignorada. En las discusiones, cuando uno de sus argumentos es apaleado hasta desplumarlo, en lugar de responder a la contraargumentación con hechos y datos (ese proceso que distingue al diálogo civilizado, bicho tan escaso que hay gente que no lo ha visto en su vida), echan mano a la faltriquera y sacan otro argumento que no tiene nada que ver con el anterior, y se quedan como si hubieran vencido un debate sobre física relativista con el propio Einstein.

Ante el espectáculo, que hallo profundamente bochornoso y en extremo peligroso, no puedo sino recordar cuando yo era nacionalista, una época que ahora se me asemeja a cuando pensaba que realmente los Reyes Magos traían regalos a mi humilde casa y que cierta irregularidad en la alfombra de nuestra vivienda en un tercer piso era la huella del elefante de Gaspar (¿o era Melchor?), antes de que me convirtiera, pues, en crítico de toda forma de nacionalismo, sobre todo las que acaban rompiendo la ley, los escaparates o la crisma del vecino.

Yo fui nacionalista de una variedad especialmente ponzoñosa, nacionalista mexicano. Para quien no conozca el país a fondo, hay que aclarar que el nacionalismo desbordante no es una opción para quien nace allí, es una obligación incuestionable. Bastaba ser inscrito en la escuela (privada o pública, tanto da) y uno se veía (supongo que todavía) sometido a una indoctrinación digna de los responsables de control de la población de Kim Jong-un. Toda la narrativa histórica se presentaba como una permanente final de fútbol entre nosotros y "ellos", donde el árbitro estaba con ellos, jugaban en casa, eran el doble de jugadores que nosotros, la cancha estaba en una empinada cuesta (donde nuestra enorme portería estaba abajo y la diminuta de ellos en la cima), y todo iba tan en contra nuestra que el mero hecho de no ser goleados era digno de églogas trémulas y pomposas. No por nada las batallas ganadas por el país son escasas, cosa terrible para la vocación militar de todo patriotismo, de modo que celebramos con entusiasmo una, la de Puebla, el 5 de mayo de 1862, contra las tropas francesas... que en el partido de vuelta un año después también en Puebla nos dieron hasta con la bacinica y entraron hasta la Ciudad de México instalando el imperio del que hablo luego. Nadie celebra la segunda batalla de Puebla, por supuesto.

Una clásica ceremonia de la bandera un lunes en una escuela mexicana.
Los lunes comenzaban con los honores a la bandera. Antes de entrar a clases, formábamos filas (muy militarmente, todo nacionalista alberga en el corazón a un sargento segundo con acidez estomacal), sonaba el himno nacional y los mejores alumnos (escuadrilla de insoportables) salían marchando formando la escolta de la bandera; el o la más insoportable era abanderado y nosotros saludábamos al sagrado rectángulo de raso con la mano haciéndole techo al corazón mientras unos pocos soñaban con ser miembros de la escolta y la mayoría soñábamos en darles en la cabeza a los de la escolta con la pulida astabandera de latón que paseaban con la enseña patria. Llegaban al centro de la "asamblea" (así les llamaban, luego conocí las asambleas de las universidades y la palabrita ya nunca me pareció respetable del todo) y entonábamos una horrenda marcha cuya letra fue perpetrada por una profesora hija de un militarote (como debe ser) con pasajes tan estremecedores como "Es mi bandera la enseña nacional/Son estas notas su cántico marcial..." Más música militar, más paseo de la escolta hasta que la bandera volvía a su urna de cristal en la oficina del director y nosotros íbamos finalmente a clase.

Todos los lunes.

Todos los putos lunes de todas las putas semanas lectivas de toda la primaria y secundaria.

Seguramente en parte por eso hallo profundamente detestables todas las organizaciones de intoxicación infantil, desde el Opus Dei (por donde también pasé, pero ésa es otra historia) hasta los pioneritos de la revolución cubana.

Esto era el caldo de cultivo donde crecía --y crece-- un patriotismo patológico. Recuerdo especialmente cómo era necesario (lo decían los profesores, lo decía la televisión, lo decía nuestra familia) estar orgullosos de "lo que México le dio al mundo". Y uno se sentía uno de los artífices que habían diseñado genéticamente el tomate y el chocolate, los que habían desarrollado el maíz, los fabricantes de aguacates. Qué orgullo enorme había que experimentar por haber nacido en un país donde, cuando no era un país ni una nación ni nada por el estilo, habían aparecido ciertas especies vegetales y animales. ¿No es absurdo sentir orgullo por algo así? Pues de ese calibre había desde un refranero que no sabe uno si es de exaltación o de alivio ("Como México no hay dos") hasta uno directamente previo a intercambiar manazos con quien se tercie ("Viva México, cabrones"), una mezcla continua de mitos autocomplacientes. Uno en particular es escalofriante: "El himno de México es el segundo más bonito del mundo, sólo después de la Marsellesa"... dos himnos nacionales que engloban todo lo más aborrecible que pueden tener en cuanto a xenofobia, brutalidad, militarismo, sangre y odio.

Y está el mito ése de ser "100% mexicano" que es totalmente absurdo en un país con cuando menos 56 grupos etnolingüísticos indígenas (diferenciados culturalmente, siendo la mayoría mestizos, es decir, con ancestros españoles cercanos o lejanos además de los indígenas), un alto porcentaje con ancestros esclavos negros del África occidental y una incesante aportación de inmigraciones más bien desordenadas de todo el mundo. Yo mismo mezclo raíces eslavas por un lado e indígenas y asturianas del otro aunque, locuras del nacionalismo, en una cultura profundamente racista dividida entre los que desprecian lo indígena como inferior y los que lo exaltan como indudablemente superior, ambos cayendo en juegos ahistóricos y fantasiosos.

No digo que el mexicano sea un nacionalismo más tóxico que, digamos, el argentino, el catalán, el vasco, el español, el bávaro, el piamontés o el bielorruso, que seguramente son de quitar el aliento, pero como a los demás sólo los conozco de lejos, hablo de éste porque en él formé toda una cosmovisión de confrontación con el mundo de la que me tomó buena parte de mi vida adulta desembrazarme. Estuve convencido, y nadie a mi alrededor lo ponía en duda, de que éramos permanentes víctimas de ese "ellos" malvado y cruel, esos extranjeros sin los cuales, claro, seríamos el mejor país del mundo, el que tendría más premios Nobel (tres, los demás, al no existir, tendrían cero), con la gente más alta, más simpática, más guapa, mejor vestida y más listarraca del planeta.

Idealización de la guerra México-Estados Unidos de 1847-1848.
Las guerras son muchísimo más horrendas, claro.
Allí estaban ellos para impedirlo. Los españoles que "nos" habían conquistado (aunque eran nuestros ancestros, hazaña impresionante de disonancia cognitiva y esquizofrenia creativa), los franceses que "nos" habían invadido (porque otros mexicanos más tontos habían ido a Europa a buscar un emperador para poner en orden al país, vamos, que la intervención militar de Napoleón III para imponer un imperio no desembarcó en Veracruz por haber tomado la salida equivocada en una rotonda o glorieta) y, por supuesto, estaban, están y estarán los estadounidenses. Que no se llaman estadounidenses, se llaman gringos.

Los gringos ponen a prueba continuamente el vibrante ser nacional mexicano. "Nos" robaron medio país (sin duda alguna, pero con la invaluable ayuda de un mamarracho como Antonio López de Santa Anna --que entre otras cosas impidió el posible triunfo en la guerra contra EE.UU.-- y a quien el país le agradeció sus numerosos atropellos, burradas y delirios de grandeza eligiéndolo presidente once veces, así que a la hora de repartir culpas igual nos dejamos el plato medio vacío), pero también resulta que sin el apoyo de los gringos, la guerra contra los franceses no habría salido como salió (el país se salvó por un pelo de rana de ser colonia gala), y lo de la independencia igual tampoco habría resultado tan exitoso. Pero los gobiernos de los Estados Unidos también habían practicado en México primero el colonialismo económico (con la ayuda más que entusiasta de Porfirio Díaz y todos los que lo rodeaban durante su breve presidencia de 34 años, a la que llegó con un programa antireeleccionista) y ya luego la intervención militar directa dos veces a principios del siglo XX (la toma de Veracruz y la fallida persecución de Pancho Villa que sirve para que presumamos también de que "México es el único país que ha invadido a Estados Unidos", lo cual tiene imprecisiones como para otra entrada). Y, finalmente, promovieron el neoliberalismo más cavernario en el país (imposible sin el concurso de sujetos despreciables como los presidentes De la Madrid, Salinas y Zedillo que amaban al vecino y los ingresos que les produjo).

No hay relación amor-odio como la que une y separa a los mexicanos y a los gringos, como corresponde al único lugar donde el "tercer mundo" (los países pobres, jodidos, de democracia cuestionable, oportunidades inexistentes y costumbres indignas de la gente bien) hace frontera con el "primer mundo" (los ricos con abundante pobreza, democracia consolidada, oportunidades y costumbres indignas de la gente bien). Una frontera larga y porosa donde Donald Trump quiere poner un muro porque no tiene idea ni de qué es ni cómo es (por ejemplo, que 2.000 de sus 3.800 km de frontera son un puto río). Si allí no hay choques de sociedades, culturas, costumbres, envidias, intercambios, ejemplaridades y manazos, no los habría en ningún lado. Una gran parte del nacionalismo mexicano se apoya en la existencia misma de los vecinos del norte, en la admiración o el desprecio al gringo como hecho ineludible.


Pero uno llega a darse cuenta de que sentirse orgulloso por lo que hizo una u otra persona o grupo que vivieron más o menos en el mismo espacio geográfico en el que lo parieron a uno es totalmente absurdo. Que la historia está compuesta de accidentes y que ni nuestros héroes son tan ejemplares como quieren los que hacen los libros de texto ni los villanos "otros" son tan diabólicos y demoníacos como nos los pintan (se aplican excepciones, por supuesto). Y llega a darse cuenta de que la mitología nacional no se distingue en nada de la mitología racial o religiosa: es irracional, se basa en historias de veracidad más que cuestionable y por supuesto le cierra a uno las fronteras y la capacidad crítica para abordar lo que de esperpéntico tiene la propia sociedad y cultura. De allí que yo no gane concursos de popularidad por mis dimes y diretes con Cantinflas y Chespirito, por poner un caso, que se plantean como referentes indispensables de la mexicanidad aunque si pienso en la gente que me rodeó durante mi vida allá, resulten tan ajenos a todos nosotros como los ídolos de Bollywood. O que haya encontrado divertida la lucha libre como entretenimiento basto y curioso de gran habilidad acrobática, pero que me niegue a considerarlo una cumbre de la gloriosa cultura nacional, que vamos, hombre, un poco de perspectiva. Y puede uno finalmente hartarse --y confesarlo-- del mariachi, de Frida Kahlo, de Octavio Paz (sobre todo), del bolero, de los referentes obligados, de la creencia religiosa en una "edad de oro del cine mexicano" más falsa que un peso con la cara de Putin (esto en 2017, mañana quién sabe), y así sucesivamente.

Liberarme del nacionalismo me representó un enfrentamiento como el que viví cuando confesé mi ateísmo a mi familia de rosario y misal, pero peor. Porque en la religión nunca había creído, ya lo he contado, pero la Patria sí había sido parte de mi universo mítico, la idea de estar en una "tierra bendita de dios" cantada por Negrete, la paranoia chauvinista, eso sí había sido mío y era necesario abandonarlo junto con otras supersticiones. Porque la nación es una forma de superstición.

Ser nacionalista finalmente equivale a desterrarse uno mismo de la mayoría, de la vasta mayoría de la experiencia humana, a asumir como ajeno todo el bosque de nuestra especie en su delirantemente variada realidad social, cultural, política, histórica y humana, salvo por una minúscula astilla que consideramos que, por ser "nuestra" (y no lo es) contiene de manera mágica todo el destilado de lo mejor del bosque al que le damos la espalda. Es confundir el accidente con la identidad, lo episódico con lo esencial.

No es raro que resurjan los nacionalismos hoy, por supuesto, y que haya procesos de radicalización que ponen en riesgo amistades, escaparates y cráneos ajenos. Primero, vivimos la época del populismo y la nación es un fulcro esencial del populismo: no es necesario justificarla con nada, es lo que es y es a la vez "nuestra" y "nosotros", y nos separa claramente de "ellos". Segundo, vivimos la exaltación de las identidades, de la calificación de los individuos por su pertenencia a grupos basados en lo que son o sienten ser (por color, raza, sexo, género, nacionalidad, regionalidad, preferencia sexual, peso corporal, estatura, dieta) sin que importe la actividad (lo que se hace, piensa, sueña o emprende, el trabajo, la militancia por las mejores o peores ideas). Tercero, vivimos la era de la legitimación de las supersticiones en nombre de la ideología, tema precisamente de mi libro La izquierda feng-shui. El nacionalismo tiene así techo, lecho y mesa para crecer rozagante.

En la peculiar España, el nacionalismo, sin embargo, fue apropiado por la dictadura fascista de Franco y las víctimas prefirieron, antes que recuperar su mitología nacional, regalársela a los fascistas y refugiarse en el regionalismo. "Sentirse español" es casi declararse franquista y mala gente. Lo guay es sentirse catalán, gallego, murciano, valenciano, asturiano, vasco o, si mucho me apuras, sentirse de la aldea de 25 casas donde uno nació y escupir para todo lo demás.


En España poca oportunidad he tenido de ser nacionalista, porque cuando llegué hace 20 años ya era crítico del nacionalismo. Esto me ha servido para ser acusado, incesantemente, de españolista. Cuando discuto sobre el tema con nacionalistas regionales, casi nunca he logrado que se entienda mi oposición a todo nacionalismo. Con la estrechez indispensable de toda visión patriótica, mi posición se entiende como contraria a su nacionalismo y, por ende, a su nación y sólo a ésta. Y están habituados a que quien se opone al nacionalismo e independentismo catalanes sea, a su vez, nacionalista español, así que se me asigna el papel y esto causa enormes tranquilidades epistemológicas en quienes, de otro modo, se verían obligados a cuestionar las raíces de sus sentimientos, tan nobles, tan sólidos y tan aterradores.

Y entonces me acuerdo de nuevo del hombre de la gorra de la película Cabaret. Cuando un rubio y bello miembro de las Hitlerjügend entona la canción "Tomorrow belongs to me" ("El mañana me pertenece") y va contagiando a los presentes, que se adhieren con entusiasmo creciente a las vibrantes notas patrióticas y dulces: "Oh patria, patria, muéstranos la señal, tus hijos han esperado para ver la mañana en que el mundo será mío. El mañana me pertenece". Y arroba a todos menos al hombre de la gorra, anciano curtido que, habiendo visto los estragos de otras guerras y otras pasiones nacionales, se queda sentado con su cerveza, desolado, sabiendo cómo es el rostro del futuro nacionalista y enardecido que viene.

Hace años le escribí algo a ese viejo que me vale para todos los himnos y todas las patrias.

No cantaba 
El viejo de la gorra no cantaba,
reconocía el dolor -viejo adversario-
por el aroma agrio del cuchillo
y el pétalo muerto palpitando
No cantaba
y la noche asaltaba la mañana
y no cantaba
Las voces jubilosas claudicando en triunfo
y no cantaba
El veneno en las palabras
no cantaba
El vaho de la muerte en percusión
y no cantaba
con los ojos desbordados de memoria no cantaba
con sus amigos muertos a la espalda no cantaba
con la indignación del débil no cantaba
con el temblor militar y no cantaba
Lo miraban con ojos de visillo y no cantaba 
Cuando vienen los jinetes ácidos
la madrugada corta los helechos
y se lleva los leños del hogar
la leche fresca
los zapatos desgastados
la promesa
el peso del martillo y el año próximo
no cantemos por enorme que sea el coro
que un solo ser humano en su silencio
puede llevar al mundo a sus espaldas
contra la mentira pintada de sonrisa
contra la impiedad y su túnica de niebla
contra los que condenan al mundo a ser salvado
contra el odio agazapado tras un beso
No cantemos
Cabaret, 1972, dirigida por Bob Fosse.  

29.8.17

El sueño de King, 54 años después

Estatua de Martin Luther King en el parque Abraham Lincoln
de la Ciudad de México. (Imagen CC, vía Wikimedia Commons) 
Hoy hace 54 años que Martin Luther King pronunció el discurso "I have a dream" ("Tengo un sueño") ante la estatua conmemorativa de Abraham Lincoln en Washington y para casi 300.000 manifestantes, uno de los momentos culminantes de la lucha de los negros por conseguir los mismos derechos civiles de los blancos en los Estados Unidos. Era el 28 de agosto de 1963 y algo más de 9 meses después, el 2 de julio de 1964, se promulgaba después de una feroz batalla legislativa la Ley de los Derechos Civiles, que declaraba ilegal cualquier discriminación basada en raza, color, religión, sexo u origen nacional y que, por tanto, iba más allá de la lucha original. Aún así, tardaría años en irse haciendo efectiva con la entrada de negros en las universidades, con la lucha de los latinoamericanos por su dignidad, por los movimientos feministas y altersexuales (de homosexuales, bisexuales, transexuales, etc.)

El mensaje de King era complejo y sabio. Enfrentaba a las organizaciones que buscaban no justicia, sino venganza, a los promotores de la violencia como Eldridge Cleaver (ladrón, violador confeso, uno de los líderes de los Panteras Negras y participante en actos guerrilleros que dejaron al menos dos policías heridos... y que luego devendría republicano ultraconservador) o Huey Newton (fundador de los Panteras Negras y acusado de asesinar a un policía), o el propio Malcolm X y la Nación del Islam, grupo musulmán específico de los Estados Unidos que defendía la creación de un estado racialmente puro... de sólo negros). Y anotaba en su discurso: "En el proceso de obtener nuestro lugar legítimo, no debemos ser culpables de actos indebidos. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio.

Cartel del FBI en busca
de Chaney, Goodman
y Schwerner. 
El mensaje de King era complejo y amplio, como cuando se refería a la lucha de muchos blancos conscientes en favor de los derechos civiles de todos. Esa lucha estaba vivamente ejemplificada por el asesinato de tres activistas por los derechos civiles en Mississippi apenas dos meses antes del discurso, el 21 de junio, un grupo de diez hombres bajo órdenes de varios miembros de los Caballeros Blancos del Ku Klux Klan de Mississippi asesinaron a tiros a James Chaney, joven negro de Mississipi, de 21 años de edad (a quien torturaron antes de matarlo); Andrew Goodman de 20 y Michael Schwerner de 24, dos chicos de origen judío de Nueva York. Los tres trabajaban con el Congreso para la Igualdad Racial promoviendo que los negros del Sur de los EE.UU. se empadronaran para votar y poder decidir sobre sus gobiernos.

Sus cuerpos no se encontraron sino hasta el 4 de agosto de 1964.

De ahí que King señalara en su discurso: "La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra no debe llevarnos a desconfiar de todos los blancos, pues muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a darse cuenta de que su destino está inextricablemente unido a nuestra libertad. No podemos caminar solos."

King entendía la esencia del racismo: juzgar a una persona por su aspecto externo, por su cultura o tradiciones. Juzgarla por lo que es y no por sus valores, opiniones, ideales, actos, pensamientos, sentimientos. Toda la lucha basada en la idea de que "todos los hombres son iguales", que también cita el discurso, tiene por objeto ir más allá de lo superficial para valorar a cada individuo en cuanto a lo más importante, a su mente y corazón. En ese sentido afirma: "Tengo el sueño de que mis cuatro pequeños hijos un día vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter".

Más allá de su inevitable mensaje religioso, como pastor que era, resonaba el humanismo que no dependía de la voluntad divina: "Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, luchar por la libertad juntos, sabiendo que seremos libres algún día".

Y su gran final,  producto de un orador experimentado: "Y cuando repique la libertad, cuando permitamos que repique la libertad, cuando la dejemos repicar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podremos apresurarnos hacia ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podremos unir las manos y cantar en las palabras del viejo espiritual negro: '¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias Dios todopoderosos, somos libres al fin!'"

Sólo queda un asunto ligeramente amargo en este recordatorio de un gran momento del siglo XX... la idea de que algunos, hoy, algunos que también se llenan la boca con las palabras "justicia" y "libertad" y "democracia" y "pueblo" encontrarían odiosas las palabras de King si tan solo reflexionaran en ellas.

Los defensores de la política de identidades aborrecerían estos pasajes si los abordaran.

Esas personas para quienes los blancos no deben defender los derechos de los negros (o de los indostanos, o los árabes, o los latinoamericanos, o los asiáticos) y desprecian la idea de hermandad. Y dicen que los hombres no son bienvenidos en la lucha por la igualdad de la mujer, y los heterosexuales deben abstenerse de trabajar en favor de los derechos de los altersexuales. Porque todos somos diferentes y debemos mantenernos separados... segregados (decía King en su discurso: "Ahora es el momento de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación, hacia la soleada ruta de la justicia racial").

¿Qué tendrían que decir quienes afirman, insisten, exigen que la gente se defina por su color, género, sexo, preferencia sexual, estatura, peso corporal, deficiencias o no de todo tipo (discapacidades físicas o mentales de todo tipo, cada quien en su pequeño casillero, en su nicho, sin contaminarse, sin tocarse, sin hablarse y, sobre todo, sin correr el peligro de ofenderse entre sí, porque entonces la venganza y la censura y la violencia toman la palabra.

¿Acaso le reprocharían a King que usara la palabra "negroes" en lugar de emplear una fórmula que no pudieran hallar "ofensiva"(como si pudiera evitarse ofender a quien está decidido a sentirse ofendido por todo, todo el tiempo)?

Porque tenemos con nosotros todavía a los que siguen juzgando a los demás por el color de su piel y no por el contenido de su carácter. Y no son sólo los nazis (no hay neonazis, son nazis), los rescoldos del Ku Klux Klan, los supremacistas blancos, sino también algunos --no sé cuantos, espero que sean una minoría marginalísima-- que promueven el odio y la violencia, la censura y la división entre identidades mientras se fingen avatares del progreso y promotores de la justicia social. Son los que se dedican a puntuar a cada ser humano, usando el cruel ábaco del tribunal inquisitorial para decidir quién es más víctima y quién es más victimario por lo que es, sin importar lo que piense... quién es más distinto en un mundo donde no hay iguales porque la igualdad parece resultarles una idea despreciable y repugnante.

Mucho se ha avanzado en 54 años no sólo en Estados Unidos, sino en gran parte del mundo, donde no hace tanto tantos grupos humanos carecían de toda defensa legal ante la injusticia. Mucho falta por hacerse, muchísimo, no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Pero también mucho estamos retrocediendo desde que los enemigos de la razón empezaron a luchar por tomar en sus manos el timón del progreso para convertirlo en regreso y desandar el camino ya recorrido sin importar que King dijera: "A medida que caminamos, debemos hacer el juramento de que siempre marcharemos hacia adelante. No podemos volver atrás". O quizá por llevarle la contraria.

No debemos volver atrás. Aunque en el proceso algunos sean acusados del terrible pecado de preferir avanzar en lugar de volverse conservadores y policías de todos los demás.

14.8.17

Fernando Gamboa y las naturalezas muertas

Fernando Gamboa
Sería a principios de 1987 cuando, viviendo en la ciudad de Querétaro y trabajando para la Secretaría de Cultura de ese estado mexicano de igual nombre (regenteaba una librería, hacía radio y era corrector en la editorial estatal), me encargaron hacer de anfitrión a un caballero imponente que frisaba los 80 años, bonachón y agradable. Tenía pocos datos sobre él: era el más importante museógrafo mexicano, estaba encargado de diseñar la Galería Libertad que sería uno de los más importantes centros de artes plásticas en la ciudad y lo estábamos homenajeando mientras tanto dándole su nombre a una pequeña galería aledaña a la librería que yo llevaba.

Me tocaba, si mal no recuerdo, recibirlo y darle hospitalidad y conversación durante un par de horas. Me simpatizó de inmediato (supongo que le simpatizaba a todo mundo) y conversamos un poco sobre arte, ya que era su especialidad. La exposición con la que ese día o al siguiente se inauguraría la pequeña "Galería Fernando Gamboa" era de naturalezas muertas de distintas épocas y creadores. Ya un poco en confianza, le dije a don Fernando que las naturalezas muertas no me gustaban y me parecían uno de los géneros pictóricos más aburridos del mundo.

El museógrafo me miró con genuino horror, dijo que no era posible y me hizo entrar a la galería para empezar a explicarme, hágame usted el favor, las naturalezas muertas.

Lo que yo no sabía

Quizás porque una parte tan grande de México, y otro tanto de la cultura, de la pintura, de la literatura, del arte y la ciencia en ese país está tan teñido del exilio de la Guerra Civil Española desde 1939, resulta casi inevitable que Fernando Gamboa también hubiera jugado un papel en esa historia.

Gamboa había nacido en 1909 y había estudiado pintura y arquitectura en la más prestigiosa academia de arte de México, la de San Carlos, y su compromiso social lo llevó a los proyectos de apoyo a los maestros rurales de los primeros años del gobierno de la revolución mexicana. Colaboró en algunos murales como pintor y se interesó en la museografía. Para 1937 estaba en el Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, como "corresponsal viajero" de El Nacional (periódico oficial del gobierno mexicano, que fue el primero en el que publiqué como periodista, por cierto, en 1976), apoyando a la República Española contra el golpe de estado militar.

En 1938, el gobierno de Azaña le pone al frente del Servicio de Propaganda de la República Española en América Latina y empieza a colaborar con el embajador mexicano en Francia, Narciso Bassols. En 1939, con apenas 30 años, se le encarga ejecutar la política mexicana de asilo a los republicanos decidida por el presidente Lázaro Cárdenas. Visita los campos de concentración franceses y gestiona la salida de los refugiados, fletando los barcos Sinaia, Mexique, Ipanema y Degrasse, a los que seguirían muchos otros. Esos barcos donde llegarían a México tantos de mis profesores, los padres de mis amigos y, también, algunos participantes en los atentados contra Trotsky... y los adversarios de éstos, que hicieron de México la continuación de su campo de batalla ideológico. También se encargaría de llevar desde Nueva York a otros exiliados de relevancia como José Bergamín, Joaquín Xirau, Pedro Carrasco Garrorena, Antonio Sacristán, Rodolfo Halffter, Rosa Ballester, Paulino Massip, Ignacio Bolívar, Eugenio Imaz o Josep Carner.

Fernando Gamboa y su hermana Susana a bordo del Sinaia en 1939.
Fondo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa
Después, sería un continuo promotor del arte mexicano, organizador de exposiciones a nivel internacional y uno de los fundadores del Instituto Nacional de Bellas Artes. Fue amigo de todos los pintores mexicanos, particularmente de Diego Rivera. Hizo la primera exposición de Picasso en México. Rescató una gran cantidad de pinturas coloniales llevadas ilegalmente a Estados Unidos. Llevó a Colombia una exposición cuyas obras tuvo que salvar entre los disparos del "bogotazo" de abril de 1948. Fue director del Museo de Arte Moderno que en mi adolescencia fue uno de mis refugios, donde conocí la pintura de Remedios Varo, de JuanO'Gorman, María Izquierdo o Luis Nishizawa. Era todo un personaje mucho más allá de lo que aparentaba.

Naturalezas muertas

Quizá si hubiera sabido quién me guiaba al interior de "su" galería, me habría quedado mudo y jamás habría dicho nada de naturalezas muertas. Gamboa empezó a señalarme cuadros y a explicarme. No recuerdo --sería una hazaña-- sus palabras exactas, pero sí lo que me quedó como enseñanza que me ha acompañado por los museos que he podido visitar, por los libros de arte con los que suplo a aquellos museos donde aún no he estado.

La naturaleza muerta es un retrato de una sociedad.

Al verla, si uno es cuidadoso, sabe, primero que nada, si representa a un sector pobre o acomodado de esa sociedad. Si la mesa es de panes y patatas resulta muy distinta a si es de perdices y frutas exóticas. Si es escasa y triste o si es agobiantemente abundante. Si es un puñado de girasoles de suerte variopinta (como los del jarrón que Van Gogh pintó siete veces) resulta muy diferente a un arreglo exquisito con rozagantes flores costosas y elegantes.

¿Y la vajilla? ¿La jarra de agua? ¿El plato? ¿Son de fina porcelana o de peltre humilde, de barro o de cristal, artesanales o ya industrializados? ¿A qué estilo y a qué época pertenecen? Porque las modas de cacharros (y hasta la de las hortalizas, como la zanahoria anaranjada producto del siglo XVII) especifican también de cuándo se cuenta la historia, además de a quién.

La naturaleza muerta también nos dice de dónde es la gente que no se ve en el cuadro. Las especies de animales, verduras, frutas, los platos ya preparados o los simples ingredientes nos pueden decir si ese cuadro es del sur de Francia o de Brasil.

Y nos cuenta mucho del artista, sobre la forma en que arregla cuidadosamente y para su propia satisfacción cada elemento de su modelo, la luz, las texturas, la forma en que se relacionarán y dialogarán con su estilo personal, con el trazo grueso impresionista o el delicado detalle del maestro flamenco. Las naturalezas muertas nos pueden decir cómo va a retratar el pintor a un modelo, a un campesino o una mujer acaudalada, cómo los va a iluminar y cómo los va a tratar, si con condescendencia, con cariño o con visión inquisitiva.

Naturaleza muerta con vajilla de plata y una langosta (1641). Retrato de la opulenta clase media
holandesa beneficiaria de la Compañía de las Indias Occidentales, comida elegante, arte y buena vajilla.
Pieter Claesz 1597-1660
Cuando terminamos, era claro que nunca iba a volver a ver una naturaleza muerta con el cinismo que hasta ese día había exhibido en mi feliz ignorancia.

Nunca volví a ver a Fernando Gamboa. Murió tres años más tarde en la Ciudad de México. Pero no puedo entrar a un museo o galería sin recordarlo y agradecerle la súbita lección de arte... y el que salvara a tantos cuya suerte podría haber sido la más negra una vez que Francia se rindió a los nazis.

11.8.17

¿Por qué Vincent?



Me preguntaron: Hola. Una búsqueda en Google me llevó a esta respuesta en donde Ud. afirma que al ver en vivo "Trigal con cuervos" de Van Gogh estuvo un rato llorando.  ¿Me puede explicar que es lo que tiene de especial la pintura? ¿Qué es lo que lo hizo emocionar?

Respondí que quizás la enorme soledad que expresa, su casi rendición ante la adversidad. O quizá la fuerza de las pinceladas, la espectacular capacidad de crear impresiones delicadas con trazos tan gruesos, que revelan pinceles cubiertos en gruesas capas de pintura aplicados con rapidez y seguridad. La idea de que es uno de sus últimos cuadros (no el último), casi un aviso de su suicidio. Y la brusquedad con la que termina el sendero central a la mitad del campo sembrado, algo poco usual. Finalmente, cuento, creo que me impresionó, como ocurre con "Los comedores de patatas", que en realidad es mi cuadro favorito de Van Gogh y que también me tuvo largo rato enfrente, lo pequeño que es. Un metro por cincuenta centímetros. Un lienzo tan pequeño y con tanta fuerza expresiva. Me resultó conmovedor y asombroso.

Había hecho todo el recorrido del Museo Van Gogh en Amsterdam con objeto de que ese cuadro fuera el último que viera. Recorrí primero la exposición sobre impresionismo que había, si mal no recuerdo, en el piso de abajo, y luego pasé por toda la exposición de Van Gogh hasta llegar a ese cuadro. Claro que me esperaba que fuera impactante, pero su realidad fue bastante más allá de lo que me había imaginado antes. Y eso ya me había pasado también, al principio del recorrido, con "Los comedores de patatas", lo cual potenció la experiencia.

Completando la respuesta, debo decir que los japoneses que abarrotaban el Museo Van Gogh fueron muy respetuosos y me dejaron soltar lágrimas un par de minutos sin empujarme, cosa que agradecí mucho.

Añado pues...

Vincent Van Gogh a los 19 años
Cuando me enamoré de la pintura de Vincent Van Gogh, éste todavía no era el pintor de los millonarios. De hecho, la leyenda de los precios delirantes por sus obras comienza el 30 de marzo de 1987, cuando Yasuo Goto pagó 39,7 millones de dólares de entonces por uno de sus cuadros de girasoles de 1888. Para entonces yo conocía la obra tanto como se podía conocer por libros en México, había leído fascinado las cartas a su hermano Theo... y albergaba el sueño de visitar algún día el Museo Van Gogh en Amsterdam, cosa que conseguí finalmente en julio-agosto de 1992, cuando fui invitado a participar como representante de México en el congreso de la Unión Internacional Ética y Humanista y ocurrieron los encuentros relatados al principio. Por cierto, por falta de tiempo tuve que elegir entre el Rijksmuseum de Rembrand (frente al que hay que pasar de camino al de Van Gogh) y el del postimpresionista. No dudé ni un segundo.

Los años siguientes fueron una locura en el mundo del arte. Los precios pagados por las obras de Van Gogh siguieron aumentando y agudizando la contradicción de que ése fuera el destino de las obras del pintor que había vivido casi de la caridad de su hermano, de precario equilibrio mental y enormes pasiones, y que según todo parece indicar sólo vendió un cuadro al óleo en su vida (El viñedo rojo cerca de Arlés, también de 1888) y que pintó algo menos de 900 cuadros en sólo 10  años de carrera, de los 27 a los 37.

Todo lo cual a mí, que apenas podía comprar a plazos algún libro de arte del Reader's Digest (no, la salvadora editorial Taschen aún no existía, fue fundada en 1980), me la soplaba con sinfónica. La idea no era comprar a Van Gogh, sino verlo y, de algún modo, entenderlo más allá de los mitos que lo rodeaban (sí, el de la oreja entre ellos, el de su suicidio también). Y con ello, quizás, entender por qué me gustaba tanto.

Habrá que meter como paréntesis que mi canción favorita durante buena parte de mi adolescencia tardía fue "American Pie" (1971) como pieza que relata la historia del rock desde la muerte de Buddy Holly, The Great Bopper y Ritchie Valens el 3 de febrero de 1959, hasta el asesinato de Meredith Evans en el concierto de Altamont de los Rolling Stones en 1969 cuando, como Lennon dictaminó: "El sueño ha terminado". Pero es otra canción del mismo autor, Don McLean, y del mismo disco, la que viene al caso, "Starry Night" también llamada "Vincent", una de las pocas canciones escritas para el genio holandés. Quizá sobreviva más que "American Pie" pese a todo...


He dicho en otra entrada que creo que si es necesario saber y, según algún experto, "entender" una obra para apreciarla, su arte se me empieza a escapar. Es muy probablemente cierto que un experto musicólogo disfrutará más que yo una interpretación casi perfecta, por decir algo, del Concierto para violín en re mayor de Beethoven, pero a cambio disfruta menos las interpretaciones más imperfectas: cada nota fallada por el violinista en la cadenza, cada entrada de la orquesta con 1/32 de tiempo de retraso, cada decisión del director sobre el volumen de violas y oboes que no le guste, le puede amargar horriblemente una interpretación que, por lo demás, a mí podría fascinarme si evoca mis pasiones y el imperfecto violinista se entrega con las suyas a darlo todo. Que saber es útil y bueno pero en el arte lo esencial no es la erudición (admirable en el físico y el historiador) sino la emoción.

Por eso mismo, no creo que conocer más datos sobre Van Gogh (que los he ido conociendo) me ayude a disfrutar más de su pintura, sólo me permite acercarme al, nuevamente, imperfecto personaje detrás de algunas de las pinturas que más me emocionan.

Muchos de los cuadros de Van Gogh son amorosos retratos de la gente más humilde, de la gente común de su entorno... sigue así la tradición de los grandes maestros de la edad de oro de la pintura flamenca que fueron quienes más jubilosamente se liberaron de la obligación de pintar cardenales malencarados, monarcas producto de la endogamia y soldadotes enlatados para contarnos al cambista, a la sirvienta, al cazador, a la lavandera, a la lechera, a la prostituta y al trovador.

El maravilloso "Violinista alegre" de Gerrit van Honthorst, 1623
(Vía Wikimedia Commons)
Esto lo lleva Van Gogh a su personal realidad. Si sólo tiene un florero con girasoles (algunos en estado bastante lamentable) o de lirios, los pinta. El mismo florero de girasoles hasta cinco veces. Y si sólo tiene como paisaje su diminuta habitación en Arlés, la aboceta innumerables veces y la pinta en tres ocasiones, en tres cuadros. En el Museo Van Gogh yo no sabía esto, y me extrañó enormemente ver la pintura de la habitación... ¿no acababa yo de verlo unos días antes en el museo D'Orsay en París? Ya luego sabría que eran dos distintas y había otra más.

Pinta lo que hay. Lo que tiene a mano: cafés, iglesias, campesinos, a sus amigos, un almendro, una casa, unas raíces en el campo, un cangrejo o unos zapatos viejos (esos zapatos maravillosos)... No importa qué sea, lo pinta como si se le fuera la vida en ello --se le iba-- como Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina, con enorme convicción y, lo siento, con un enorme júbilo... me niego a suponerlo eternamente taciturno, sombrío, atormentado como poeta adolescente... sus cartas pintan ese autorretrato, pero sólo en parte, en otra parte describen a un hombre que quiere vivir y que disfruta su pintura antes que sufrir por ella... quizá lo que más le asfixia es no ser tan bueno como cree que debe ser.

Los comedores de patatas, 1885
Y quizás por allí llego al motivo de mi gusto por Vincent: un estilo que no se parece al de ningún otro, una furia emocional arrolladora y un compromiso con lo pequeño, con lo aparentemente intrascendente, con las historias de los que no pasan a la historia pero sin los cuales la historia no tiene ningún sentido. Trataré de no ser inmodesto al decir que eso también me ha movido en la literatura y la fotografía, que soy malo escribiendo héroes míticos y retratando a políticos poderosos, sino que me siento mejor contando la historia de los más, y retratándolos en su ordinariez gloriosa.

Ahora la duda que me queda es si mi gusto por Van Gogh se debe a que soy así o si mi gusto por esas historias y esas imágenes procede de la influencia del propio Van Gogh y sus pinturas de lo común. Cosa que difícilmente pueda desentrañar.

Pero aproveche y disfrute a Van Gogh.

8.8.17

No conocí al coronel Tagüeña

Ramón Mercader reconstruye el momento del asesinato de Trotsky. Lo observa, de
uniforme militar, Leandro Sánchez Salazar, responsable de la investigación del crimen.
Mi interés por el caso Trotsky es parte de mi interés por la Guerra Civil Española, que es parte de mi vida por varios motivos, principalmente porque mi niñez pero, sobre todo, mi adolescencia estuvieron profundamente marcados por el exilio español en México. Mi raíz española es otra: mi abuelo materno asturiano había llegado a México hacia 1890 expulsado no por la guerra sino por el hambre y la falta de oportunidades, otra historia también épica a su modo, como la de todo emigrante. Mis profesores eran exiliados, hijos de exiliados o niños de Morelia. Mis compañeros eran, en gran número, hijos y nietos de exiliados. La escuela donde estudié la preparatoria había sido establecida y dirigida por exiliados, y lo era buena parte de su cuerpo docente. Mi desarrollo político también estuvo estrechamente unido al exilio y a mi relación con personas de la izquierda mexicana, profundamente implicadas en la guerra civil y algunas con participación en el primer atentado contra Trotsky, como ya conté.

Así fue que un día de junio de 1971 me encontré asistiendo al funeral del Coronel Manuel Tagüeña.

Por entonces no tenía idea de quién era el personaje al que se enterraba solemnemente en un cementerio de la Ciudad de México (el Español, me dice por Facebook Julia). Apenas sabía que había sido militar de la República Española y estábamos allí porque era el padre de mi jovencísima y entrañable profesora de física, Julia. La hija mayor del republicano, Carmen, sería después mi profesora de matemáticas y, en ocasiones, compañera de patinaje sobre hielo. Imagine la expresión de un adolescente cuando ve a su profesora patinando en una pista que se consideraba un espacio de ésos que ingenuamente declaramos "de jóvenes" (como hoy me puede mirar alguno en un concierto de rock pensando que "no correspondo"). Patinando me contó que había nacido en la Unión Soviética y dejó ir alguna anécdota más bien inocua. La hermana del coronel, Encarna, también participó en la educación y, sobre todo, en la protección a niños abandonados, maltratados y precarizados.

Años después, Carmen llegó a ser directora de la escuela donde había sido mi profesora y, luego de verme debatiendo contra charlatanes varios en la televisión mexicana, me invitó a dar una charla sobre pensamiento crítico a sus alumnos de física, desesperada por la proclividad de los chicos a creer en todo tipo de patrañas, desde ovnis y poderes extrasensoriales hasta conspiraciones y antiguos astronautas. La posibilidad de hablar no con creyentes enloquecidos o negociantes del embuste como aquéllos con los que teníamos míticas batallas en televisión, sino con sus víctimas, con jóvenes dispuestos a creer pero también a pensar si se les ofrecían argumentos, me pareció sumamente estimulante. El resultado me sedujo y ésa fue la primera de las cientos de charlas que he dado desde entonces sobre temas afines durante más de tres décadas por escuelas de México, Estados Unidos y España. Hasta hoy, prefiero hablar con un grupo de adolescentes inquietos que con un adusto público de adultos.

Cuando presentaba en Madrid La izquierda feng-shui, comenté algo de estas pasiones con Laura Gamundí, responsable de prensa de la editorial del libro, Ariel. Generosamente me hizo llegar El cielo prometido: Una mujer al servicio de Stalin, libro en el que Gregorio Luri nos cuenta la historia de la familia Mercader, a saber, Caridad Mercader (en realidad Caridad del Río Hernández de Mercader) y sus hijos Georges, Luis y, sobre todo, Ramón, el asesino de León Trotsky. Uno de los libros mejor documentados sobre la historia, sobre todo de Caridad, esa mujer inquietante, en muchos sentidos monstruosa, la aristócrata cínica que servía para destruir el capitalismo pero no para construir el comunismo, que terminaría sus días pensionada por el gobierno soviético... en París. (Inevitable volver, lo hago siempre, a la canción de Jaime López sobre "Los señoritos", que resume "Así se carguen a los de abajo, y hasta se caiga el propio país, siempre ha de haber escudos humanos... y un lugarcito a salvo en París".)


Las enseñanzas que nos llevan de mis profesoras de ciencias a su padre, a Stalin y de vuelta a Trotsky, a su asesino y a la madre que lo convirtió en el fiel stalinista capaz de todo no son, ni de lejos, batallitas del pasado, historia antigua, estampa inmóvil. Las dinámicas del estalinismo, de las ortodoxias inamovibles, de la entrega ciega y acrítica a diversas causas, de aristócratas beneficiarios del sistema erigiéndose en mesías de los más necesitados, el encono ideológico, el uso del odio y la propaganda como fulcros para apalancar el poder no son asunto de aquellos tiempos, sino que son ejes clave de la política de hoy, en numerosos países y a nivel internacional, con nombres nuevos que disimulan la antigüedad carcomida de sus tácticas, "postverdad", "discurso", "hegemonía" en lugar de "patraña", "propaganda" y "dominación". Estamos inmersos en una lucha de reconstrucciones verbales desfiguradoras de los hechos que en nada se diferencia de los momentos cumbre de la propaganda soviética, la propaganda anticomunista, la propaganda fascista, la propaganda nazi y las propagandas nacionalistas correspondientes... sin contar a las religiones como canalizadoras de toda ceguera de odio.

La lección es relevante hoy, no es ejercicio vano de retrovisor ni nostalgias por un tiempo peor (que lo era).

En el libro aparecen de pronto, ya en el exilio, el coronel Tagüeña y su esposa, Carmen Parga, como protagonistas de una historia común pero de la que poco se habla: el desencanto de los más comprometidos militantes con el comunismo soviético.

Exiliados españoles en el barco carguero francés Sinaia, llegando a México.
Perdida la Guerra Civil en España, los selectos exiliados que fueron a la URSS (otros irían a México, sobre todo, o se desperdigarían por el mundo con o sin apoyo de sus respectivos partidos) se encontraron con que el paraíso bolchevique de los trabajadores, donde los jóvenes bailaban y cantaban, donde los trabajadores eran los orgullosos propietarios de los medios de producción y donde se habían derogado las clases, esa sociedad perfecta sin pobres ni ricos, sin hambre ni miedo a la represión de las clases burguesas, no era más que un collar de abalorios propagandísticos cuidadosamente engarzados por profesionales de la mentira. La pobreza y la escasez convivían con la ausencia de libertades y derechos, la democracia (ésa a la que se le cantaban loas) era inexistente y el pensamiento libre y poderoso estaba fuertemente sujeto por grilletes, cadenas, camisas de fuerza y toda la panoplia de obstáculos que las ortodoxias y el autoritarismo imponen a las ideas "peligrosas".

Es un mecanismo, por cierto, que se ha repetido incesantemente para un público que, fuera de los países en cuestión, está dispuesto a creer que al fin se ha inaugurado el futuro venturoso del cielo por asalto, fuera en Camboya, en China, en Cuba o en Venezuela. Personalmente, mis viajes a Cuba serían en gran medida mi propio recorrido crítico sobre las ideas más rígidas de una izquierda que se pretende "la única posible" ante otras izquierdas menos férreas, más plurales, más apasionadas por hacer gente feliz que por cumplir los designios de algún filósofo elevado a la calidad de dios laico.

Manuel Tagüeña Lacorte, probablemente en el frente de Teruel en 1938
El coronel Tagüeña, nacido en Madrid en 1913, legendario defensor en la Batalla del Ebro, responsable de más hombres (30.000) que años había vivido en 1938 , se encontró en la URSS con una realidad que desmentía todo lo que conformaba sus ideales comunistas. De hecho hay testimonios según los cuales Carmen Parga es quien primero abre los ojos. Sobre ella cuenta Antonio Quirós en su libro Manuel Tagüeña: Una biografía en fotogramas que, para 1944: "Sus mitos revolucionarios se han caído hace tiempo, la pobreza vista en la URSS, la falta del dinamismo social, la represión estalinista, el culto a la personalidad, las personas, como su cuñada Natacha, aplastadas por la maquinaria de un poder omnímodo han ido dejando paso a la sorna como mecanismo de protección".

Josip Broz Tito en una singular foto con Stalin.
Pasada la Segunda Guerra Mundial, donde tuvo rango militar sin entrar en combate, Tagüeña lleva a su familia a Yugoslavia, como asesor militar de Tito. Su recorrido geográfico casi refleja su recorrido ideológico. Tito es el menos ortodoxo de los líderes de la esfera soviética, con buenas relaciones con occidente y malas con Stalin, al grado de que en 1949 la URSS ordena a todos los asesores soviéticos (Tagüeña entre ellos) que salieran de Yugoslavia. La familia opta por Checoslovaquia, donde el todavía joven coronel retoma su carrera científica truncada por la guerra. Checoslovaquia acaba de ser tomada por los comunistas en 1948 y ofrece un discurso democrático y conciliador... hasta que comienzan los asesinatos y expulsiones masivos.

En 1953, el miedo da un suspiro de alivio con la muerte de Stalin y, poco después, con la del carnicero checoslovaco Gottwald. Incluso se suspende el proyecto stalinista de asesinar a Tito a cargo de un gran amigo de Ramón Mercader, Iosif Grigulevich, operativo del primer atentado contra Trotsky y que había conseguido hacerse nombrar embajador de Costa Rica en Yugoslavia bajo el nombre de Teodoro Castro. Se relajan los controles y, en 1955, la familia Tagüeña Parga finalmente vuela a México con permiso del Partido Comunista. Años después, el coronel, reconvertido en asesor médico de una empresa farmacéutica, diría "me entregué a una causa que me parecía justa y la he abandonado por motivos de conciencia". La fe marxista de Tagüeña muere dejando, sin embargo, intactas sus convicciones socialistas

En México escribiría sus memorias, un libro con el título Testimonio de dos guerras, que acabó en 1969 pero que no se publicaría en España sino hasta 7 años después de su muerte, en 1978, habiendo muerto el dictador, según sus deseos. En el epílogo de esta autobiografía, el coronel Tagüeña resume: "Queda por probar la fusión del socialismo con la libertad, fórmula inédita y única bandera bajo la cual merecía la pena luchar, con la esperanza de que abriera un camino a nuevas ideologías y a la paz, el bienestar y la unidad de todos los pueblos de la Tierra".

Caridad Mercader, Ramón Mercader y la esposa mexicana de éste, Roquelia Mendoza
Y regreso, inevitablemente, a la historia de los Mercader, esas herramientas de la ortodoxia stalinista, esos asesinos jubilosos, esos convencidos cuya profunda y honestísima convicción los llevó a ser parte de la historia pero no como héroes, que era su sueño, su visión de sí mismos, bronce proletario que señalaría el camino de las conquistas soviéticas hasta la victoria final, sino ejemplo de ceguera, de incapacidad crítica y de inmoralidad en nombre del bien.

Socialismo sin libertad, sin derechos, sin democracia, sin pluralidad, sin transparencia, sin inteligencia, sin crítica, sin apertura, sin garantías... no suena realmente a socialismo, queda claro hoy.

Lo que hace indispensable volver a la anécdota de Eusebio Cimorra, exiliado en la URSS desde 1939, que, cuando se encontró con Ramón Mercader en Moscú, comentó en algún momento:

–¡Cómo nos engañaron! ¿Eh, Ramón?

Y el asesino de Trotsky respondió, con demoledora sinceridad:

-A unos más que otros, Cimorra. A unos más que otros.

Nadie sabe si se refería a sí mismo o a Cimorra. No que importe.


7.8.17

Venezuela, día de la marmota

Protestas en Venezuela, abril de 2017. (Foto CC de Jamez42, vía Wikimedia Commons.)
Un aspecto especialmente triste de la situación venezolana es la polarización dentro y fuera. La idea de que una de las partes actúa por maldad pura mientras que la otra actúa por necesidad con inagotable bondad y las mejores intenciones es uno de los razonamientos falaces que suelen aparecer cuando hay una confrontación tan brutal como la que se da en Venezuela.

Yo no dudo, ni por un momento, que la mayoría de los seguidores del chavismo (digámosle así, como figura del lenguaje y no como descripción ideológicamente válida) actúen movidos por las mejores intenciones. Realmente creen que están construyendo un país mejor, más justo, más humano, más fraterno, más igualitario y más sólido. Es más, podría creer que no son mayoría, al menos en los estamentos de toma de decisiones, donde el poder realmente se ejerce, los que saben que están embarcados en una farsa, los que ni siquiera se creen su discurso, los corruptos y los malvados. Y tampoco dudo de la intervención de Rusia e Irán en el decurso político del chavismo.

Tampoco dudo, ya que estamos en esto, que en algunos espacios de la oposición (digámosle así, con toda la imprecisión que comporta el término y las posiciones tan distintas que confluyen en él) haya el cabreo de gente cuyos recursos económicos se han visto afectados por la política chavista y que busquen el regreso de sus posesiones y el retorno a la situación previa al chavismo, cuando Venezuela era simplemente otro país latinoamericano con democracia más bien endeble y corrupción más bien consolidada, debidamente ejemplificado por ese sujeto impresentable que es Carlos Andrés Pérez. Ni dudo que intervenga la inteligencia de Estados Unidos para remover el agua.

La reacción de arco reflejo en el caso venezolano es preocupante, sobre todo fuera de Venezuela, porque las posiciones se toman sin atención a los hechos reales, al devenir de los acontecimientos, al contexto cambiante. Un buen ejemplo es que alguien me aseguraba que la votación de la constituyente de Maduro el domingo 30 de julio era perfectamente fiable porque el Centro Carter mismo había dado por buenas las elecciones de 2012 y 2013. Lo cual es cierto. Pero cuatro años después las cosas han cambiado bastante.

El presidente venezolano Nicolás Maduro el 1º de abril de 2017 con Luisa Ortega Díaz, fiscal hoy destituida. (Captura de pantalla CC de un vídeo de YouTube, vía Wikimedia Commons.)
Sí, en 2012 Jimmy Carter se despeñaba en la hipérbole diciendo que el sistema electoral venezolano era "el mejor del mundo", convalidado por el sistema de identificación biométrica de los electores diseñado por la empresa Smartmatic. Y en esos años la oposición criticaba al Centro Carter afirmando que las elecciones se habían hecho en un ambiente que favorecía al chavismo.

Pero no estamos en 2012.

En 2015, el Centro Carter decidió cesar operaciones en Venezuela, enfrentado al gobierno de Maduro. Y, en 2016, dijo que debería llevarse a cabo el revocatorio convocado popularmente con las firmas que la Constitución venezolana exigía y al que Maduro se negó antidemocráticamente. Y, en 2017, Jennifer McCoy, analista política que dirigió algunas de las misiones de observación electoral del Centro Carter indicó que los resultados de la votación para la Constituyente eran increíbles, mientras que Smartmatic dijo que habían sido manipulados.

Hay tres hipótesis a considerar sobre las votaciones venezolanas, sólo a guisa de ejemplo: que siempre hayan sido limpias, que siempre hayan sido manipuladas o que hayan sido limpias en ocasiones y ahora hayan sido sucias. La primera implica que los que hoy las critican mienten cuando antes decían la verdad. La segunda implica que los que hoy las critican digan la verdad y antes mintieran. La tercera significa que tanto el Centro Carter como Smartmatic como otros organismos que coinciden con su valoración siempre hayan dicho la verdad.

Pero prácticamente nadie está viendo la situación desde esa óptica. La idea más o menos es que si eres de izquierda debes apoyar ciegamente y sin ningún espíritu crítico cualquier cosa que hagan Nicolás Maduro y su gobierno, y si eres enemigo de la izquierda debes apoyar sin más las acciones de la oposición, aún las que implican una violencia que en nada ayuda a una salida pacífica al conflicto.

¿Qué se requiere para creer que todos los opositores sean asalariados del gobierno estadounidense, de la CIA, gente malvada enemiga del bienestar de todos los venezolanos? La idea que se nos ofrece desde el oficialismo de Venezuela es la de unos delincuentes sin una sola virtud, que se lanzan a las calles sólo para hacer el mal. ¿Quién puede creer eso, con manifestaciones diarias desde el 1º de abril? Recuerdo la propaganda de Stalin que pintaba a Trotsky como un agente de Hitler que recibía sus órdenes directamente de Berlín... y lo que me da miedo son los que eran capaces de creerlo aún cuando tenían información en contrario.

¿Qué visión chata se requiere para negar que hay elementos violentos entre la oposición, que junto a los pacíficos ciudadanos que quieren una solución a la brutal situación económica en que está sumida Venezuela actúan sujetos capaces de atrocidades inaceptables, como en las manifestaciones de izquierda suelen colarse los provocadores anarkos cuya ideología se resume en "rompamos algo"?

¿Qué entrega de la capacidad crítica puede admitir que todo el desastre económico venezolano es el producto de fuerzas externas malévolas, cuando la situación en Venezuela hoy es mucho peor que la que sufría Cuba después de la caída de la URSS, cuando no tenía nada que vender, con un embargo económico prolongado de su mejor mercado y sin fronteras físicas por dónde siquiera meter contrabando? Venezuela tiene las mayores reservas petroleras del mundo y pese a la caída en su producción (resultado de malas administraciones) sigue ingresando 25 mil millones de dólares al año por este concepto... el problema es que sólo vende 1.300 millones de dólares en otros rubros. ¿Es posible imaginar que todo está realmente bien allá y lo que vemos es sólo propaganda de la CIA, y quien dice la verdad es, por ejemplo, Serrano Mancilla, "el Jesucristo de la economía" según Maduro?

Plantón opositor en Caracas el 15 de mayo de 2017. (Fotografía de Jamez42, vía Wikimedia Commons.)
Todo ello exige contorsiones intelectuales aterradoras. En cambio, ajustarse a los datos nos habla de un experimento emocionante y mal llevado desde el principio. Nos habla de que la confrontación "pueblo-antipueblo" asumida como fulcro del accionar político bolivariano dio como resultado una situación insostenible; que promover las potentes tensiones sociales que, según la amada teoría populista, permiten el acceso al poder, deviene en enconamientos que no se resuelven una vez que se alcanza tal poder y se decreta el paraíso desde una tribuna exultante. Nos muestra una vez más que la idea de que todo el gobierno de un país es cosa de voluntad política, de "exprópiese" y de retórica candente nunca tiene un recorrido demasiado largo. Nos recuerda que los logros fulgurantes (que Venezuela los tuvo) en economía, en desarrollo humano, en educación, en salud eran insostenibles a largo plazo por la visión chata, simplona y voluntarista del caudillo, sus teóricos, sus palmeros, su entorno, su historia y su necia realidad. Nos repite la amarga decepción que nos han dado los caudillazos y sus quimeras una y otra vez, en revolución tras revolución, en inauguración de la historia tras inauguración de la historia. Nos reitera la corrupción que sigue a la lucha anticorrupción cuando ésta no se consagra en una legislación viable, perdurable y consensuada, sino que se personifica en un salvador mesiánico súbito (sea Fujimori o Tsipras, Kirchner o Chávez, incluso, y ése duele especialmente, Lula) y en decretos que como se expiden se pueden derogar... y se derogan.

Hubo un proceso prometedor que no avanzó como se deseaba y el resultado hoy es lamentable. No aceptar eso desde la izquierda, no reconocerlo, no criticarlo, no demandar soluciones a los causantes principales, los que tienen la responsabilidad política de la nación, es otra vez una traición a los principios básicos de justicia, libertad, solidaridad, derechos e igualdad que son el único legado moral con el que la izquierda puede sobrevivir a los embates de una derecha con demasiada frecuencia más astuta y mejor comunicadora.

Apoyar acríticamente al gobierno de Venezuela no debería ser, para la izquierda, un dilema como lo fue el apoyo a las anteriores decepciones históricas que ha enfrentado, desde la URSS hasta Cuba. No es aceptable decir que oponerse a las acciones de Maduro y su entorno de poder "le da armas al enemigo". Quien le ha dado armas es ese entorno, desde Chávez mismo. Caer de nuevo en el desprestigio de apoyar una dictadura apoyados en florituras retóricas, en justificaciones dogmáticas, en argumentos falaces y en la ceguera selectiva hacia la posición que nos exigiría la moral no es ser un defensor de la izquierda, por más que nos queramos convencer de ello.

Nadie en la antigua URSS (hoy disuelta), en Checoslovaquia (hoy inexistente), en Yugoslavia (hoy desaparecida), en Bulgaria, en Rumanía, en Alemania Oriental, en Polonia, en Hungría, salió a las calles en 1989 a defender el paraíso propagandístico, sino a celebrar su fin, pese a lo bueno que hubiera tenido... el saldo no era aceptable para las masas supuestamente beneficiadas por el sistema instaurado por Lenin. Si no hemos aprendido a avergonzarnos de haber estado al lado de los dictadores y no con el pueblo oprimido después de ese ejemplo feroz, multitudinario y popularísimo de desafección a las maravillas de la ortodoxia ideológica, volveremos a hacerle daño a las mejores causas (de verdad) de la izquierda, en un día de la marmota donde los errores morales se repiten en nombre de una ideología que sin moral es un cascarón vacío.

Es muy simple: cuando termine el experimento venezolano y se haga balance, ¿habremos estado del lado de la justicia, la libertad y la democracia o no?

5.8.17

El pastón de Neymar

Neymar con la selección brasileña en 2016.
(Foto CC de Fernando FrazFernando Frazão/Agência Brasil vía Wikimedia Commons)

En cuanto se anunció la operación de traslado de Neymar, delantero del Barcelona, al club París Saint Germain por 222 millones de euros, los habituales se lanzaron a las comparaciones extralógicas.

Por ejemplo, con ese dinero se podría a) alimentar a muchas personas, b) financiar muchos estudios científicos, c) construir muchas viviendas, d) comprar cantidades aturrullantes de almendras, e) pagar la deuda de Guinea Bissau, f) construir 222 turbinas aerogeneradoras de 1 MW, g) pagarle el salario de 300.000 programas a cualquier tertuliano de La Sexta o h) comprar un yate lujosísimo.

Todo ello resulta absolutamente estupefaciente para cualquiera de nosotros, aldeanos que apenas pensamos en miles de euros, y eso cuando nos vamos para arriba. Qué despilfarro, qué escándalo, ¿cómo es posible que se pague tal cantidad para tener los servicios de un chaval con pocos estudios que patea un balón?

Material suficiente para indignarse hasta dejarse el hígado como una coladera.

El problema es partir de la idea de que ese dinero estaba disponible para todas esas cosas que nos parecen importantísimas. El escándalo por los sueldos y precios de transferencia de los jugadores de fútbol suele presentarse como si alguien muy malvado fuera y sacara ese dinero de la alimentación, la ciencia, las viviendas o el sueldo de Nacho Escolar para desperdiciarlo en un capricho ridículo: tener a un señor que mete muchos goles.

Curiosamente, es una visión que tiene algo de conspiranoico y pierde de vista que los responsables de estas cifras de vértigo somos... nosotros. Nosotros los que vemos partidos de fútbol, cuando menos. Y otros que a la hora de comprarse una camiseta para sudarla en el gimnasio a fin de deshacerse de los efectos de la fabada, eligen una de la marca X porque es la que usa el jugador Y (o el equipo Z, o la selección nacional de W). Y de los que van a los partidos con la bufanda del equipo o la camiseta del jugador que más les gusta. De los que sintonizan la televisión y ven -aunque no les hagan caso- los costosos anuncios comerciales que adornan las camisetas, los laterales del campo, los cintillos de la emisión y los minutos anteriores al partido, el descanso y los posteriores. Además de ver los programas de análisis de la liga, de la copa, del mundial, del regional, de la copa de copas de campeones de liga ligueros cascabeleros. Y se quedan después del informativo televisual para comerse la hora de deportes de la cual el 90% se dedica al fútbol porque si se dedicara al curling, al polo o a la esgrima la gente cambiaría de canal o iría directamente a quemar las instalaciones de la emisora.

Comprar a Neymar en 222 millones no es un capricho, es un negocio que pretende meter al París Saint Germain en los tres primeros lugares de la Liga Deloitte, donde la puntuación no se obtiene metiendo goles sino euros. Los que más facturaron en 2016, por ejemplo, fueron, en millones de euros:

  1. 689 - Manchester United
  2. 679 - Barcelona
  3. 620 - Real Madrid
  4. 592 - Bayern Munich
  5. 525 - Manchester City
  6. 521 - Paris Saint‑Germain
En buen romance, los jeques dueños del equipo parisino esperan que Neymar les reditúe como menos 100 millones al año. Si el jugador está 5 años en el equipo, les generará al menos 500 millones de euros, un beneficio neto de 278 millones de euros. O más. En entradas, en ropa, en publicidad, en patrocinios, en derechos de televisión. Todos ellos dirigidos a usted y a mí, que tranquilamente podríamos simplemente negarnos a ver los partidos, a hablar de fútbol, a interesarnos por lo que anuncian los jugadores o los equipos, etc.

Vaya usted a su banco y pregúntele a su director si tiene algún instrumento de inversión que le deje un modesto 45% de rendimiento anual y prepárese para que se le ría en las barbas y le ofrezca el producto estrella de su institución con un 3% de rendimiento anual a plazo fijo.

En resumen: las cifras que se manejan en el fútbol (e incluso la corrupción a la que se presta el fútbol con tanto dinero danzando por allí) se deben a que este deporte es un gran negocio, uno de los mejores del mundo. Y es un buen negocio no porque nos ofrezca artículos de los cuales no podemos prescindir (como, digamos, electricidad, alimentos, medicamentos), ni porque trabaje con pasiones mayormente ilegales (como el narcotráfico) ni con la muerte y el poder (como los traficantes de armas), sino porque nos gusta el puto fútbol. (Eso sin contar sus otros valores, como la identidad nacional, regional o local, y esa pasión que nos permite sentirnos parte de un triunfo aunque nuestra aportación se limite a meternos cuatro cervezas mientras le gritamos al televisor injertados en directores técnicos infalibles.)

Toda crítica, todo escándalo, toda indignación que no tenga esto en cuenta es una forma de autoengaño.

Lo mismo pasa con otras formas de entretenimiento que consumimos ávidamente, poniendo nuestro multitudinario dinero para que acabe, en una magna operación embudo, en unos pocos bolsillos. Los cantantes de éxito reciben ingresos de medio mundo que van a empresarios, disqueras y a ellos mismos (sus músicos ganan un poco menos, es legendaria la historia de Sheila Bromberg la arpista de sesión que toca en la tremenda "She's Leaving Home", pista memorable de Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band, el álbum de Los Beatles que lo cambió todo... y que cobró 9 libras por su trabajo de tres horas). Los actores que pueden ganar hasta 35 millones de dólares por una película (caso de Johnny Depp con la cuarta película de la serie Pirates of the Caribbean) y que generan muchísimo más dinero para los productores (esta película ha producido 1.045.713.802 millones de dólares). Y ese dinero lo pagan todos y cada uno de quienes compran entradas o merchandising, o simplemente ven la retransmisión en televisión dando su atención y tiempo a la publicidad del caso.


La arpista Sheila Bromberg conoce a Ringo Starr.

Por supuesto, cuando se habla de los miles de millones que generan los grandes espectáculos, los 222 de Neymar, sin ser una bicoca, tampoco son de escándalo. Pero cualquiera que pretenda cambiar la dinámica de los negocios del entretenimiento tendrá que proponer alternativas viables para toda la industria, una vez entendiendo cuál es el origen de esos caudales asombrosos de recursos.

Quizá hay que convertir a la ciencia, a la lucha por la alimentación de quienes aún padecen hambre, a la defensa de la educación y contra la pobreza, en asuntos mejor comunicados, más capaces de atraer la atención, el interés, la solidaridad y parte de los recursos que vemos pasar pensando en sus posibles mejores destinos.

Porque, y esto es algo que también hay que tener en cuenta, quienes más hacen por resolver realmente estos problemas suelen operar en la más absoluta oscuridad (cuando no se les acusa de malas intenciones o se niega su trabajo) mientras que otros lloran por ellos pública y ruidosamente, exigiendo apoyo, usando recursos demagógicos no más legítimos que la publicidad más obvia, buscando la culpabilización de quienes no sufren tales carencias, como si intencionalmente estuvieran como están y donde están (a veces sin más mérito que haber nacido en un país opulento y no en uno de los que llevan la miseria de siglos por bandera, en un colonizador o ex y no en una colonia o ex), haciendo poco por dar soluciones pero ganándose también sus respectivos salarios (a veces no despreciables, que resultan tan lejanos para nosotros, pobres aldeanos, como los millones de Neymar) como agoreros del desastre, acusadores eternos y sollozantes profesionales, dedicados a exigir, pedir, reclamar y demandar antes que convencer y unir.

Pero esto último no es elegante decirlo. Si quiere, haga usted como que no lo dije.

Autobuses, avionetas y fanatismo religioso

En unos pocos días he hecho dos vídeos referentes a la organización de ultraderecha religiosa "HazteOir". El primero se dedicaba al "Bus HazteOir" contra la idea de que la diversidad sexual y de género (que es como un bus contra la diversidad de colores de piel o de largo del cuello), una mala copia del bus ateo creado por la escritora de comedia Ariane Sherine en 2008 y que provocó la furia de las organizaciones del extremismo cristiano, sobre todo por la enorme eficacia que tuvo (sin contar con el financiamiento del Vaticano que al parecer tiene HazteOir, como todos los grupos similares.

Pero apenas lo habíamos publicado cuando la organización radical anunció que ahora iba a lanzar sobre las playas veraniegas una avioneta con un mensaje contra una ley que se ha propuesto contra la discriminación de la gente sexualmente diversa (a los que he llamado "altersexuales" para evitarme el lío de siglas). Una avioneta que no puede volar con un mensaje que nadie vería... a no ser porque los medios de comunicación españoles le dieron a esta tontería una difusión absolutamente inexplicable, y se indignaron en vez de tomarlos a burla por ridículos... en fin.




15.7.17

La ley y los pequeños trumps

Donald Trump Jr.  (Fotografía CC de Gage Skidmore, via Wikimedia Commons)

Me asombra que, al parecer, en España no estamos demasiado conscientes de la situación desastrosa que está viviendo la presidencia estadounidense, esa escalofriante pesadilla en que habitamos desde que, la noche del 8 al 9 de noviembre de 2016, se anunció que Donald J. Trump había ganado los votos necesarios en el colegio electoral para ser proclamado 45º presidente de ese país.

El último capítulo ha sido la confesión abierta de Donald Trump Jr. en el sentido de que se reunió con una abogada rusa cuando se le ofrecieron datos oficiales del gobierno ruso para combatir a Hillary Clinton como parte del esfuerzo del gobierno de Putin por ayudar a Trump.

La confesión es tan asombrosa que los titulares, incluso de diarios amigos de la administración enloquecida del Calígula del peinado imposible, llamaron al heredero "idiota". La idea es que en el momento en que una potencia extranjera (ya no digamos una potencia enemiga como lo es Putin de todo lo que significa la Ilustración, la democracia y la ley) te ofrece ayuda para alterar unas elecciones, deberías haber llamado al FBI. Pero ni el hijo ni el padre lo vieron así. De hecho, el presidente Trump (dos palabras que nunca deberían haber estado juntas) señaló en Francia apenas ayer que "cualquiera" habría aprovechado la oportunidad que se le dio a su hijo de obtener información por ese medio y que "además la reunión no dio ningún fruto" (cosa que está por verse, por cierto, como han señalado críticos de la talla de Keith Olbermann). Es decir, que hubo intento de incendiar el edificio, pero como no prendió,  no hay delito.

Lo que revela esta actitud es un profundo desprecio a las leyes, a la idea misma de que es bueno para una sociedad autolimitarse emitiendo legislación que oriente sus acciones y les ponga cotas y límites.

Las leyes son los instrumentos que permiten la convivencia de individuos distintos, con intereses, deseos, ideas y creencias diversos y, con frecuencia, contrapuestos. Los animales sociales no humanos no emiten legislación, pero basta observarlos como lo han hecho los etólogos para descubrir el entramado de reglas, de obligaciones, deberes y prohibiciones, que permiten la vida en sociedad de la tropa de chimpancés, de la manada de lobos o de la colonia de suricatos. Los seres humanos escribimos esas leyes, las debatimos, las interpretamos y las vamos haciendo evolucionar (a veces con una lentitud dolorosa) porque de otro modo nuestra sociedad sería inviable.

Pero hay, a izquierda y derecha, personas y organizaciones que no tienen, ni en la teoría ni en la práctica, respeto alguno por las leyes. Las leyes son para ser utilizadas en tu beneficio o despreciadas, cuando no derogadas así sea mediante la violencia para imponer otras más cómodas.

Denigrar el cuerpo legislativo de una sociedad y a sus representantes es, por otro lado, un excelente fulcro para apoyar cualquier arenga demagógica... pienso inevitablemente en el rechazo tajante que expresan ciertos grupos políticos a la normalidad constitucional producto de las negociaciones de la transición española de 1978 y a las leyes que de ella se han desprendido. Y allí coinciden los que encuentran fácil decir que la dictadura sigue tal como estaba en 1974 y los que dicen que la democracia destruyó la pacífica convivencia del franquismo. Extremos que no deberían ni saludarse pero que se tocan, se manosean y se van juntos a la cama sin pudor alguno.

Para los Trump, las leyes no son entidades respetables, ni la sociedad es una colección de seres humanos que ameriten el reconocimiento de su dignidad individual y social. Simplemente no creen en las leyes y, de manera demostrable, nunca se han regido por ellas, beneficiándose en cambio de corruptelas, amistades, complicidades y uso contundente del poder económico.

Todo ciudadano debería estar consciente de lo que significan las leyes y por qué las tenemos, siendo imperfectas, y por qué es mejor cambiarlas por mutuo consenso que con un golpe de fuerza que permita a cualquiera, a uno solo, a una camarilla, dictarlas a capricho. Ni el Directorio que impuso el terror en la Revolución francesa, ni el Comité Central de los partidos comunistas, ni dictadores varios (Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Somoza, Videla, Idi Amín, Pol Pot, usted anote a sus favoritos) han conseguido hacer un trabajo ni siquiera mínimamente comparable a las leyes forjadas en un entorno democrático y representativo, curiosamente siempre mejores cuanto más democrático y más representativo sea el cuerpo que las expide.

Sin embargo, es tan seductora la idea de que todo está mal y todo puede ser perfecto que la gente acaba votando a quienes precisamente desprecian las leyes, esperando de ellos que sean mejores que quienes no han sido perfectos.

Decía El Quijote que la buena ley es superior a todo hombre. Y es cierto. Pero la buena ley además hace que la sociedad actúe de manera más moral, más justa y más sensata que nosotros como individuos. Cuando las leyes se parecen a los individuos y a sus pasiones más desatadas, es menos sana la convivencia entre todos.

Sin educación para la ciudadanía, sin embargo, veo difícil que se promueva una comprensión de por qué nuestro marco jurídico es tan imperfecto y que, aún así, sea mucho mejor que las opciones a mano. Estamos creando generaciones pletóricas de Donalds Trump Jr. en distintos sabores y tamaños, pero unidos por ese desdén a lo que nos permite vivir juntos más o menos civilizadamente.