20.6.17

Por una izquierda racional y razonable

Desde hoy en librerías:



Una crítica a esa izquierda new age de terapias alternativas y pensamiento místico que parece estar cada vez más en boga

Mauricio-José Schwarz arremete en este libro contra las nuevas tendencias de cierto pensamiento progresista, y se pregunta cómo es posible que un sector de la izquierda política se haya apartado tanto del camino de la razón y el conocimiento que le dieron origen en el siglo xviii, como para asumir la visión mística del new age, el rechazo a la ciencia, el relativismo posmoderno, las teorías de la conspiración más descabelladas (muchas de ellas nacidas en la derecha) y otras creencias y prácticas extravagantes.

La izquierda feng-shui hace un recorrido histórico por los caminos que van desde la Ilustración y la revolución francesa hasta los conceptos de postverdad y «hechos alternativos», y se detiene en algunas de las creencias comunes de esta «izquierda esotérica» enfrentadas al conocimiento científico, los hechos y los datos. Desde su propia postura de izquierda, exhibe los peligros y problemas que conllevan la confianza en supuestas terapias alternativas, la lucha contra la medicina y las vacunas, el movimiento antitransgénicos y creencias como la de los chemtrails, los Illuminati y la quimiofobia.

13.6.17

Trump, Podemos y el poder


Hay un punto de coincidencia entre Donald J. Trump y Podemos (al menos en buena parte de su cúpula) que me resulta enormemente inquietante. No, no me refiero a su preocupante tendencia a mentir, eso que la portavoz Kellyanne Conway describió en eufemismo para la historia como alternative facts o "hechos alternativos", ni a su populismo capaz de ofrecer cualquier cosa por el poder, manipulando sobre todo a quienes peor han salido parados de los acontecimientos de los últimos años... cosa que hacen los populistas sin importar el país, los acontecimientos o cuándo sean los últimos años (más datos con Adolf Hitler, Vladimir Lenin, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez o Alberto Fujimori, por mencionar a unos pocos).

No, a lo que me refiero es a la peculiar concepción del poder que tienen. Fundamentalmente, han pasado la vida manteniendo dos creencias de gran relevancia en su accionar e íntimamente imbricadas entre sí.

La primera, que el poder es un monolito en el cual trabajan de la mano todos los que lo tienen. Es la teoría de que hay una colusión PP, PSOE, Ciudadanos, Ibex 35, poder judicial, iglesia católica, Union Europea, Bilderberg, Banco Mundial, FMI, Estados Unidos, etc., en la cual no existen diferencias de opinión ni pugnas internas, ni mucho menos ideas contrapuestas. Todos actúan de manera concertada y bajo un mando único. Conquistar el poder político equivale, en su fantasía, a conquistar todo el poder.

Donald Trump está convencido, todavía, de que ha sido electo emperador de los Estados Unidos y que todos deben doblegarse a su poder. En la tormenta de abono orgánico que se cocina en los alrededores de su alucinante persona, cada acción parece estar marcada por esta convicción. Le pide lealtad personal al director del FBI porque todo mundo debe ser leal al presidente, y es él. Cambia las cifras para decidir que millón y medio de personas asistieron a su toma del poder porque está seguro de que los medios de comunicación siempre han hecho lo que quiere el presidente y puede dictar las noticias desde su cuenta de Twitter. Por ello mismo, al ver que los medios de comunicación o algunos legisladores republicanos, o servidores públicos con una ética medianamente sólida se le confrontan, lo toma como algo personal y acaba proclamando una conspiración.

Mientras escribo estas líneas, su amigo Christopher Ruddy, presidente de Newsmax Media, acaba de informar que Trump se plantea la posibilidad de despedir (como despidió al director del FBI James Comey, desatando una sucesión de acontecimientos que ponen ya en riesgo su presidencia) al fiscal especial James Mueller, cosa que técnicamente sería posible pero políticamente equivaldría a un suicidio espectacular. De hecho, ya algunos legisladores demócratas e incluso republicanos han advertido que cualquier intento por despedir al muy apreciado investigador sería no sólo inútil, sino contraproducente.

El poder absoluto, claro, sólo se tiene en dictadura. Allí es donde Trump se ha confundido y está en ruta de colisión con los "contrapesos y equilibrios" de la todavía funcional aunque herida democracia estadounidense. Y Podemos se confunde profundamente cuando se plantea reproducir en la política nacional los esquemas autoritarios de su estructura partidista, ésa que finge una democracia cuidadosamente dirigida para que siempre salgan las cosas como lo desea el único líder. Allí es donde algunos personajes del Gran Guiñol ibérico del nuevo milenio se han estrellado, como El Kichi, alcalde con apodo, que ha llevado enérgicos sopapos de la realidad a cargo de los suyos y de los que ayer eran suyos, de los que se oponen a él y, sobre todo, de quienes lo votaron esperando que hiciera efectiva una lista de la compra más fantasiosa que mis cartas a los Reyes Magos cuando era un niño más bien pobre pero con sueños generosos.

Kellyanne Conway el día que inventó los "hechos alternativos" para justificar las mentiras
del jefe de prensa Sean Spicer sobre el público presente en la toma de posesión de Donald Trump.
Y esto engrana con la segunda creencia que vincula la visión, retorcida y profundamente psicótica, de Podemos y del todavía presidente de los Estados Unidos: que todo el manejo del poder (político, económico, social, religioso, mediático) depende de la voluntad de quien ocupa el poder. Es decir, que si se rescata un banco, se aumenta un subsidio, se promulga una ley, se determina una estrategia energética, lo que sea, depende todo de que alguien "quiera" que ocurra. Es decir, que no hay condicionantes objetivas del ejercicio del poder.

En el caso de Trump esto se explica al menos en parte por una historia personal de bullying hacia todos a su alrededor, una megalomanía basada en el poder del dinero y una falta absoluta de rendición de cuentas hacia nadie en toda su vida. En el caso de Podemos, coinciden desde la visión profundamente conspiranoica de la realidad hasta las consejas de autoayuda del new age que nos dicen que "querer es poder" o que "nada es imposible". Desde la idea de que quienes piensan distinto no son seres humanos sinceros y honestos sino malvados villanos de película de serie B hasta la autoerotización que implica saberse, proclamarse, creerse firmemente la única salvación de El Pueblo®.

Recuerdo vivamente a Juan Carlos Monedero defendiendo el primero de los seis o siete programas políticos que ha enarbolado Podemos en los breves tres años y tres meses de su existencia. Hablando en televisión de la promesa del partido de legislar la jubilación a los 60 años, hacía una amplia exhibición de su desapego de la realidad asegurando al entrevistador que todo el asunto era cuestión de "voluntad política", que una vez que Podemos ocupara La Moncloa "los técnicos" recibirían el encargo de ver cómo se hacía la jubilación a los 60 años y se conseguiría. El muy doctorado profesor de la Complutense no parecía dispuesto a imaginarse que habría alguna limitación a su "voluntad política", algo tan sencillo como "no hay dinero", por ejemplo. Con la visión de lo que con los años sería Donald Trump, calculaba que su palabra era ley, y una vez expresada su voluntad, nada podía oponerse a ella.

Juan Carlos Monedero en 2013, cuando se preparaba el lanzamiento de Podemos.
Allí también, la realidad le ha dado lecciones brutales (y cada día más egregias) a Donald Trump, mientras que en Podemos el liderazgo se desvive por impedir que sus legisladores a nivel nacional y regional, e incluso sus ediles en los más variados municipios, se "acomoden" en el poder. Lo que esto quiere decir es que la dirigencia (vamos, Pablo Iglesias y su camarilla más cercana, ésa que cambia según le conviene) teme que los valerosos revolucionarios que ocupan espacios de representación moderen su vocación de asalto a los cielos, de combatividad callejera y entregada, de vibrante mitín y discurso para el aplauso de los convencidos, para ocuparse de la a veces miserable tarea de sacar los números para ponerle un banco en el parque a los vecinos de tal barrio al tiempo que se le dice a los de otro barrio que no hay para arreglar los baches de cierta calle o que no alcanza el dinero para ampliar los horarios del autobús municipal los sábados y que lo del techo para el parque infantil tiene que esperar al año próximo, si los presupuestos dan de sí.

La visión que se tiene a nivel de la calle, y que uno puede explorar a fondo en las redes sociales, es muy similar a la que tienen Trump y Podemos. Todo lo que pasa tiene un responsable y éste es malévolo. Todo se arregla queriendo. Todos están confabulados contra "nosotros". De ahí proviene una buena parte de su atractivo electoral en campaña. Huir de la complejidad es parte de su encanto, ya sea como una simulación bien orquestada o como parte de su incapacidad de entender la realidad. Y como en casos muy sonados, sobre todo en cuanto a corrupción, están efectivamente reflejando una parte del sentir popular, tirando del hilo sacan madeja. La administración y la legislación son, sin embargo, mundos muy diferentes al del mitín electoral, en los cuales se tiene que trabajar con la realidad y únicamente con la realidad, donde multitud de grupos de interés en conflicto --y todos con una porción del poder-- buscan su beneficio y jódase el vecino. Y donde hay que trata de no quedar del todo mal con nadie porque va a usar su poder contra nosotros. Sin miramientos.

La caída muy probable de ambos (Trump de la presidencia y Podemos de una posición electoral real de competencia por el poder) no es en su esencia distinta de la caída de otros populistas, en gran parte por el principio de Jacques Abbadie habitualmente mal atribuído a Abraham Lincoln: se puede engañar a toda la gente parte del tiempo y se puede engañar a parte de la gente todo el tiempo, pero es imposible engañar a toda la gente todo el tiempo. Y cuando la gente se da cuenta de que le has visto la cara, no suele ser generosa al presentarte la factura.

Cierto, siempre habrá un núcleo duro que te creerá todo, que justificará todas tus barbaridades y que tapará todas tus mentiras, sean Kellyanne Conway o Pablo Echenique, pero otros simplemente te darán la espalda.

Cuando no opten por colgarte por los pies como a Benito Mussolini, por mencionar a uno.

3.6.17

Lealtades, incondicionalidades e ideas

Cuahtémoc Cárdenas, Susana Díaz, Javier Fernández
La primera vez que vi en persona a Cuauhtémoc Cárdenas fue en un desayuno en el Hotel Reforma de la Ciudad de México, al que lo habíamos invitado a conversar un grupo de periodistas como Presidente Nacional del PRD (Partido de la Revolución Democrática, fundado por él mismo) y candidato a la presidencia de México. Pocos días antes, y esto me permite situar el momento en febrero o marzo de 1992, los diputados del PRD habían votado en favor de una modificación a los artículos 130, 27, 24, 5º y 3º de la Constitución que echaban para atrás 150 años de separación iglesia-estado. Mi primera pregunta a Cárdenas en ese desayuno-entrevista fue pidiéndole que explicara los motivos de ese voto que se llevaba al basurero una sana tradición laica y republicana. Su respuesta no me convenció. Un partido de izquierda puede reconocer una realidad religiosa, pero legislar contra principios progresistas ya consagrados en la constitución (la vigente, de 1917, y la anterior, de 1857) me parecía inaceptable y un escándalo.

Nunca pertenecí al PRD, pero a fines de ese año y hasta 1999 fui asesor -sin sueldo- de Cárdenas en temas de comunicación. El motivo, claro, era que este líder político era el que mejor abanderaba muchas de las ideas que yo ya sostenía, aunque obviamente en algunas chocáramos, y de frente, como la relación con el imperio Vaticano. Cuando Cárdenas decidió dar un paso atrás después de las elecciones de 2000, yo no me proclamé "cardenista", como no lo había hecho durante los años en que lo apoyé, en dos elecciones presidenciales y una a Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Que siga sintiendo cariño por Cárdenas y le sea leal en lo personal no afectó, ni antes ni después, a mis ideas. Nunca pensé de tal forma por seguir al líder ni cambié de opinión por "cardenista". Y, por cierto, él nunca pidió ese tipo de incondicionalidades. Tampoco es que habláramos mucho, yo soy gente de segunda fila, militante de base, y por tanto ni tengo roce con los líderes ni lo busco. Perdimos las dos presidenciales pero en 1997 ganamos la Ciudad de México y se hizo un trabajo de gobierno excelente.

En España, donde vivo hace mucho, en las recientes primarias del PSOE, partido en el que sí milito hace ya bastante más de una década, apoyé a Susana Díaz en las mismas condiciones: consideré que era la abanderada más fiel a las ideas que yo tengo sobre cómo debe organizarse un partido de izquierda y a cómo se debe gobernar desde la izquierda. Trabajé cuanto pude, nunca lo suficiente y jamás, tampoco, crucé una palabra con Susana. Perdimos las primarias y la candidata decidió (muy correctamente a mi juicio) no establecer una corriente crítica encabezada por ella ante el Secretario General electo por el 50% de los socialistas. Yo sigo y seguiré manteniendo mi visión de la organización del partido y lucharé por ella en las instancias correspondientes.

Desde que me afilié al PSOE, además, he tenido como Secretario General de la Federación Socialista Asturiana a Javier Fernández, hoy además presidente de Asturias. Como en otros casos, descubrí que muchas de mis ideas sobre la política, la administración, la honestidad, la izquierda, las expresaba con gran claridad, que era abanderado, también, de gran parte de lo que he creído toda mi vida. En su campaña por la presidencia, trabajé como militante convencido, igual repartiendo propaganda que defendiendo ideas y proyectos en las redes sociales, y como apoderado en colegios electorales. Javier ha decidido que no se presentará a la reelección en la FSA en el congreso de octubre y me parece una seria pérdida para el socialismo asturiano. Con Javier he cruzado un par de "holas" en alguna comida de fin de año del partido, nada más. Seguiré asumiendo como propias muchas de sus formas de explicar qué es el socialismo democrático en este tiempo, por supuesto, y lo seguiré apoyando como presidente del principado.

No soy ni fui, pues, ni cardenista, ni susanista ni javierista. Creo que las ideas son, lo he dicho, el lugar a donde uno llega después de pensar, de analizar, de cuestionar, de tratar de hallarle sentido a la realidad. Y las ideas políticas no lo son menos. Si otros llegan a las mismas ideas que yo tengo, y son además personas capaces de ejercer un liderazgo político y social para el cual yo no tengo vocación, capacidad ni interés siquiera, los asumiré como líderes y ayudaré a que lleven a la práctica nuestras ideas, no por ellos, independientemente de la simpatía que me puedan despertar en lo personal. Y les seré leal mientras ellos sean leales a tales ideas. En los tres casos mencionados, por fortuna, no tengo queja al respecto.

Esto me choca mucho con quienes entienden la lealtad a las ideas como un subconjunto de la incondicionalidad al líder de turno. Los que tienen vocación de lacayo, que no sólo le sostienen el estribo a su amo, sino que con gusto se ponen a cuatro patas para servir de taburetes a fin de que aquél se encabalgue cómodamente.

Los incondicionales nunca lo son. Mientras más proclaman su incondicionalidad, mientras más toman el nombre de su monarca como un servil apellido de casada ("Pablista", "Errejonista", "Aguirrista"), más claramente anuncian la facilidad con la que mañana serán incondicionales de otros, seguidores en serie de un señor tras otro, siempre exaltando al que mejores prebendas les conceda, que las ideas ya serán para otro día cuando sea preciso lanzar un encendido discurso diciendo lo que se supone que se debe decir (y lo que halagará al patrón, por supuesto), pensando lo que se le ordene o lo que venga al caso hoy, ya mañana pensarán distinto.

Quien se extraña de que otros no exhiban la misma incondicionalidad, la misma disposición a llevar en la frente la marca a hierro del señor o señora que los adquirió en la subasta de esclavos ideológicos que ellos mismos celebran cada que se acercan tormentas en las alturas del poder, está demostrando que su concepto de lealtad no es sino a sí mismo, a su barriga llena, su puesto ganado a fuerza de servilismo y la luz que queda en las márgenes de los reflectores que se enfocan en el ganador de hoy... mientras gane.

Yo prefiero, en mi eterna calidad de aldeano, seguir siendo fiel a mis ideas. Porque sin principios, no hay historias que valga la pena contar.

16.5.17

¿Un relato contra la democracia?


El sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista dedicado, sino la gente para la cual ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción, lo verdadero y lo falso.  
― Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo
Desde que Susana Díaz llegó a la presidencia de Andalucía, me he asombrado de la narrativa (como le llaman ahora a la historia fabricada) que la rodea. Y no porque desconozca los mecanismos de lucha de poder que hay en toda organización política (esos mecanismos que asombran, cuando conviene, a algunos que los conocen aún mejor), ni porque hubiera tenido una simpatía especial de entrada por la política andaluza. De hecho, el relato de sus adversarios (dentro y fuera del PSOE) condicionó en parte mi enfoque al análisis de su accionar político. Hasta que resultaba evidente que estábamos ante uno de esos mitos a los que somos tan afectos, y que se desmoronan en cuanto se les contrasta con la realidad.

Finalmente, la narrativa de odio que ha conformado buena parte de la imagen de Susana Díaz, construida primero desde la derecha y luego retomada alegremente por el fascismo-leninismo de Podemos para acabar siendo adoptada por algunos que en el propio PSOE han perdido totalmente la brújula, es una narrativa de desprecio a la democracia y ha derivado en una teoría de la conspiración tan descabellada que no es sostenible desde ninguna posición racional. Y que tiene implicaciones graves más allá de su partido.

Si un líder es electo por sus compañeros para encabezar un partido, se considera que es representante legítimo. Salvo si es Susana Díaz, que, nos dicen, alcanza la SG del PSOE de Andalucía por alguna mala arte mediante la cual obligó a que la votara gente que no quería votarla. Y que además nunca ha denunciado cómo fue obligada. Más poder, ni Kim Jong-un.

Si el líder mantiene la lealtad de sus compañeros, se considera que está haciendo bien su trabajo. Salvo si es Susana Díaz que, nos dicen, acude a "su poder" para mantenerse como SG pese a la voluntad de sus compañeros. Ni Putin.

Si gana unas primarias _sin oponentes_ en su comunidad porque ninguno de los otros aspirantes tiene los avales necesarios para enfrentarse a ella, uno piensa en un liderazgo sólido, con entidad y altamente representativo. Salvo si se trata de Susana Díaz, que entonces ha realizado manipulaciones casi mágicas para que fracasen los contrarios mientras que sus votantes, hipnotizados, la avalan como protagonistas de Walking Dead. Ni el PRI.

Si dicho líder gana las elecciones y lleva a su partido al gobierno de su comunidad, consideramos que ha sido fiel reflejo de la voluntad popular y un triunfo para las ideas de su partido y la forma en que las enarbola el líder. Salvo si es Susana Díaz, que según el relato común de cierta prensa, ha ganado de manera extraña y dudosa, de modo que su legitimidad como presidenta nunca es asumida. Ni Pinochet.

Si para ello el líder vence un pulso político con los peores enemigos del partido, pensaríamos que ha demostrado habilidad, capacidad y buen hacer en la lucha de las ideas y la fuerza de su partido. Salvo si es Susana Díaz, en cuyo caso se pone en duda el mecanismo de su triunfo (por ejemplo, obtener la anuencia para gobernar de un partido opositor, mismo partido opositor del que otros echaron mano sin consecuencias). Ni Goebbels.

Si ese mismo líder concita el apoyo de casi todos los demás líderes de su partido, que a su vez han sido electos como responsables territoriales y sectoriales por sus propios compañeros en sendos procesos democráticos, hablamos de un partido unido y un liderazgo sólido. Salvo si es Susana Díaz, en cuyo caso se presume una conspiración del "aparato" para la cual se debe deslegitimar implícitamente a todos los líderes electos por sus compañeros y decir al mundo que tu partido no tiene democracia interna... de las más sólidas deslealtades imaginables. Ni Luis XVI.

Si ese mismo líder, en una campaña nacional, obtiene un 10% más de avales que su más cercano competidor, consideramos que es una ventaja holgada (más hoy, cuando las elecciones se resuelven por porcentajes mínimos) y una demostración de que sus seguidores en todo el país le han dado, también, su confianza. Salvo si es Susana Díaz, porque entonces nos dicen que sus avales son ilegítimos, que quienes han firmado por ella lo han hecho obligados, presionados, robados de su voluntad, y se dice que el perdedor "sólo" tuvo 10% menos, como si fuera poca distancia. Ni Franco.

Resulta un desafío creer todo eso al mismo tiempo... y sin una sola prueba. Y resulta asombroso que algunos lo crean con tanto entusiasmo como falta de visión crítica, sobre todo dentro del partido de la propia Díaz.

Estos hechos son material de reflexión válido más allá de simpatías y antipatías personales, incluso más allá del partido al que uno pertenezca o al que vote, por costumbre o por convicción. Entra en los terrenos de lo que antes se llamaba "mentira", "manipulación", "embuste" y "desprestigio" y ahora se llama "postverdad" y "hechos alternativos". Y esa "narrativa" alternativa sirve directamente a los objetivos a los que hacía referencia Hannah Arendt en la cita que abre esta reflexión.

Sería fácil acudir a explicaciones precocinadas para el fenómeno de la narrativa de la malvada Díaz: porque es mujer, porque es andaluza, porque le tienen miedo a su liderazgo, porque es rubia... pero esos ejercicios de tertuliano bien pagado carecen de sentido. Más que preguntar por qué se ha creado esta imagen tan negativa entre quienes nunca han escuchado directamente hablar a Susana Díaz, lo primero es señalar lo extraño que resulta esta narrativa, el que existe de espaldas a la realidad y los objetivos que busca. Sobre todo en los escenarios posibles del futuro: ¿Qué pasará si Díaz gana -como es previsible- las primarias del PSOE? ¿La narración oficial será que todos los socialistas están siendo manipulados, convertidos en rehenes de a saber qué amenazas y chantajes? ¿Y si llegara a Moncloa?

¿Hasta dónde se puede denigrar a la democracia, a sus procesos y mecanismos de protección, a los votantes (cuando es más fácil decir, cuando se pierde, que los votantes son estúpidos o manipulados que asumir los propios errores), a la legitimidad que proviene del simple concepto de que la soberanía dimana del pueblo y éste la deposita en representantes mediante mecanismos electorales?

La respuesta importa... y a corto plazo.

26.1.17

Moral y nazismo

(Contexto para los no españoles: Se dio a conocer un vídeo de una chica de 19 años que era agredida por una docena de jóvenes de su misma edad, pateándola en el suelo por turnos a la puerta de una disco. Después, se dio a conocer que la chica es parte de un grupo neonazi violento, que suele ir armada y se le identifica como protagonista a su vez de otras agresiones. El debate ha ido por varios lados, especialmente las justificaciones a la golpiza por la adscripción ideológica de la chica, por sus agresiones, por su violencia.) 
Si justificas que a una neonazi le den una paliza extrajudicial "porque se lo buscó", espero es que seas coherente y consideres aceptables a los GAL y las torturas policiacas "porque se lo buscaron", que aceptes la persecución de los tuyos con la misma saña. Si admites que la violencia decidida por individuos o grupos es la forma de resolver las cosas, lo asumes plenamente. No vale que lloriquees si mañana quince nazis te ponen fino a patadas, ni es razonable que pidas ayuda a la policía... ambas partes habéis acordado el terreno del debate y sus procedimientos, los estándares morales a los cuales os ajustáis y la conducta que halláis aceptable ambos. Nada más. Puedes continuar.

Mi opinión es otra, por supuesto. La decisión de utilizar la violencia siempre debe tomarse de modo que se sustente la superioridad moral del que se defiende por encima del que agrede. Y la violencia debe ser un consenso social legítimo y no una decisión unipersonal o de un grupo que se automargina de los mecanismos existentes para la respuesta a la ilegalidad.

Y no me jodan con la Segunda Guerra Mundial como ejemplo de que a los nazis se les vence sólo militarmente.

Los nazis aniquilaron a millones de personas, de civiles, de no combatientes, de manera repugnante y humanamente inaceptable, provocaron hambre, enfermedades, sitios de una brutalidad atroz como el de Leningrado, instalaron un sistema industrial sólo para el genocidio sin más límite que la disponibilidad de víctimas, y mucho más... La respuesta de los aliados, la que estableció de modo contundente su superioridad moral sobre los nazis, fue no exterminar en campos hediondos a la población alemana (sus militantes nazis incluidos) una vez derrotada, ni matar siquiera a los peores asesinos sin juicio previo, ni fomentar el hambre y las enfermedades en los territorios ocupados, ni vengarse. Porque la justicia no es venganza, y dos injusticias no dan como resultado una forma de justicia.

La Alemania ocupada no fue un teatro de sangre, sino de reparación y demostración de por qué los vencedores eran mejores que los vencidos. Me-jo-res.

Y hasta hoy. Son me-jo-res.

Y ésa, amiguitos, es la diferencia moral que importa. Cuando no existe tal diferencia moral, cuando te pones a la altura moral del nazi (o del asesino, o del violador, o del fascista, o del racista, o del que tú consideres más bajo y despreciable), la coartada ideológica ya no vale para una puta mierda, en lenguaje técnico. Y no te la acepto.