14.8.17

Fernando Gamboa y las naturalezas muertas

Fernando Gamboa
Sería a principios de 1987 cuando, viviendo en la ciudad de Querétaro y trabajando para la Secretaría de Cultura de ese estado mexicano de igual nombre (regenteaba una librería, hacía radio y era corrector en la editorial estatal), me encargaron hacer de anfitrión a un caballero imponente que frisaba los 80 años, bonachón y agradable. Tenía pocos datos sobre él: era el más importante museógrafo mexicano, estaba encargado de diseñar la Galería Libertad que sería uno de los más importantes centros de artes plásticas en la ciudad y lo estábamos homenajeando mientras tanto dándole su nombre a una pequeña galería aledaña a la librería que yo llevaba.

Me tocaba, si mal no recuerdo, recibirlo y darle hospitalidad y conversación durante un par de horas. Me simpatizó de inmediato (supongo que le simpatizaba a todo mundo) y conversamos un poco sobre arte, ya que era su especialidad. La exposición con la que ese día o al siguiente se inauguraría la pequeña "Galería Fernando Gamboa" era de naturalezas muertas de distintas épocas y creadores. Ya un poco en confianza, le dije a don Fernando que las naturalezas muertas no me gustaban y me parecían uno de los géneros pictóricos más aburridos del mundo.

El museógrafo me miró con genuino horror, dijo que no era posible y me hizo entrar a la galería para empezar a explicarme, hágame usted el favor, las naturalezas muertas.

Lo que yo no sabía

Quizás porque una parte tan grande de México, y otro tanto de la cultura, de la pintura, de la literatura, del arte y la ciencia en ese país está tan teñido del exilio de la Guerra Civil Española desde 1939, resulta casi inevitable que Fernando Gamboa también hubiera jugado un papel en esa historia.

Gamboa había nacido en 1909 y había estudiado pintura y arquitectura en la más prestigiosa academia de arte de México, la de San Carlos, y su compromiso social lo llevó a los proyectos de apoyo a los maestros rurales de los primeros años del gobierno de la revolución mexicana. Colaboró en algunos murales como pintor y se interesó en la museografía. Para 1937 estaba en el Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, como "corresponsal viajero" de El Nacional (periódico oficial del gobierno mexicano, que fue el primero en el que publiqué como periodista, por cierto, en 1976), apoyando a la República Española contra el golpe de estado militar.

En 1938, el gobierno de Azaña le pone al frente del Servicio de Propaganda de la República Española en América Latina y empieza a colaborar con el embajador mexicano en Francia, Narciso Bassols. En 1939, con apenas 30 años, se le encarga ejecutar la política mexicana de asilo a los republicanos decidida por el presidente Lázaro Cárdenas. Visita los campos de concentración franceses y gestiona la salida de los refugiados, fletando los barcos Sinaia, Mexique, Ipanema y Degrasse, a los que seguirían muchos otros. Esos barcos donde llegarían a México tantos de mis profesores, los padres de mis amigos y, también, algunos participantes en los atentados contra Trotsky... y los adversarios de éstos, que hicieron de México la continuación de su campo de batalla ideológico. También se encargaría de llevar desde Nueva York a otros exiliados de relevancia como José Bergamín, Joaquín Xirau, Pedro Carrasco Garrorena, Antonio Sacristán, Rodolfo Halffter, Rosa Ballester, Paulino Massip, Ignacio Bolívar, Eugenio Imaz o Josep Carner.

Fernando Gamboa y su hermana Susana a bordo del Sinaia en 1939.
Fondo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa
Después, sería un continuo promotor del arte mexicano, organizador de exposiciones a nivel internacional y uno de los fundadores del Instituto Nacional de Bellas Artes. Fue amigo de todos los pintores mexicanos, particularmente de Diego Rivera. Hizo la primera exposición de Picasso en México. Rescató una gran cantidad de pinturas coloniales llevadas ilegalmente a Estados Unidos. Llevó a Colombia una exposición cuyas obras tuvo que salvar entre los disparos del "bogotazo" de abril de 1948. Fue director del Museo de Arte Moderno que en mi adolescencia fue uno de mis refugios, donde conocí la pintura de Remedios Varo, de JuanO'Gorman, María Izquierdo o Luis Nishizawa. Era todo un personaje mucho más allá de lo que aparentaba.

Naturalezas muertas

Quizá si hubiera sabido quién me guiaba al interior de "su" galería, me habría quedado mudo y jamás habría dicho nada de naturalezas muertas. Gamboa empezó a señalarme cuadros y a explicarme. No recuerdo --sería una hazaña-- sus palabras exactas, pero sí lo que me quedó como enseñanza que me ha acompañado por los museos que he podido visitar, por los libros de arte con los que suplo a aquellos museos donde aún no he estado.

La naturaleza muerta es un retrato de una sociedad.

Al verla, si uno es cuidadoso, sabe, primero que nada, si representa a un sector pobre o acomodado de esa sociedad. Si la mesa es de panes y patatas resulta muy distinta a si es de perdices y frutas exóticas. Si es escasa y triste o si es agobiantemente abundante. Si es un puñado de girasoles de suerte variopinta (como los del jarrón que Van Gogh pintó siete veces) resulta muy diferente a un arreglo exquisito con rozagantes flores costosas y elegantes.

¿Y la vajilla? ¿La jarra de agua? ¿El plato? ¿Son de fina porcelana o de peltre humilde, de barro o de cristal, artesanales o ya industrializados? ¿A qué estilo y a qué época pertenecen? Porque las modas de cacharros (y hasta la de las hortalizas, como la zanahoria anaranjada producto del siglo XVII) especifican también de cuándo se cuenta la historia, además de a quién.

La naturaleza muerta también nos dice de dónde es la gente que no se ve en el cuadro. Las especies de animales, verduras, frutas, los platos ya preparados o los simples ingredientes nos pueden decir si ese cuadro es del sur de Francia o de Brasil.

Y nos cuenta mucho del artista, sobre la forma en que arregla cuidadosamente y para su propia satisfacción cada elemento de su modelo, la luz, las texturas, la forma en que se relacionarán y dialogarán con su estilo personal, con el trazo grueso impresionista o el delicado detalle del maestro flamenco. Las naturalezas muertas nos pueden decir cómo va a retratar el pintor a un modelo, a un campesino o una mujer acaudalada, cómo los va a iluminar y cómo los va a tratar, si con condescendencia, con cariño o con visión inquisitiva.

Naturaleza muerta con vajilla de plata y una langosta (1641). Retrato de la opulenta clase media
holandesa beneficiaria de la Compañía de las Indias Occidentales, comida elegante, arte y buena vajilla.
Pieter Claesz 1597-1660
Cuando terminamos, era claro que nunca iba a volver a ver una naturaleza muerta con el cinismo que hasta ese día había exhibido en mi feliz ignorancia.

Nunca volví a ver a Fernando Gamboa. Murió tres años más tarde en la Ciudad de México. Pero no puedo entrar a un museo o galería sin recordarlo y agradecerle la súbita lección de arte... y el que salvara a tantos cuya suerte podría haber sido la más negra una vez que Francia se rindió a los nazis.