10.10.17

Te independizas de mí


No me digas que te independizas del "estado español" o del PP o de las leyes que no te gustan.

Te independizas de mí.

Puedo no querer al PP, o puedo querer cambiar las leyes, muchas leyes, para que todos estemos mejor, vivamos más felices, puedo pensar en un futuro mejor construido por todos los que padecemos lo mismo y soñamos, o eso pensaría uno, lo mismo. Y para los que vienen.

Pero me estás diciendo que ese problema es mío, no tuyo.

Porque yo vivo aquí o allá y tú allí.

Me dices que te bastas haciendo tus propias leyes y que yo me las arregle con las mías, sin tus votos, sin tu apoyo, sin tus diputados, sin tu voz en las calles, sin tu militancia sindical, sin ti. Me dices que tú te forjarás una vida mejor con mejores leyes y mejor convivencia pero sin mí. Me dices, pues, que yo soy un obstáculo que no te permite vivir mejor.

Como el esquirol que pone la ambición personal por encima de las necesidades y aspiraciones de todos.

Me dices que has decidido que las calles que eran nuestras ahora serán solo tuyas, como el cacique que toma los terrenos comunales de fuera del pueblo y les pone un cercado y un letrero de "Prohibido el paso" para que mis ovejas no se coman la hierba donde ahora sólo pastarán las suyas.

Donde caminaba libre me pones una frontera, un muro, un non plus ultra reservado sólo para miembros, para gente de bien, para los decentes... no para las masas de las que, me dices, no te sientes parte.

Tú, que te has sentado a mi mesa y has comido mi comida y bebido mi vino, me vienes a decir que me declaras extranjero en una parte de mi tierra, que me quitas derechos que son sólo para ti, que tu identidad (tu lengua, el azar geográfico de tu nacimiento, tu entorno más inmediato, tu delirio tribal) es más importante que nuestro proyecto e ideas compartidos.

Has mirado a tu alrededor y has decidido dividir el mundo entre los tuyos y los que no lo son. Y me notificas que no soy de los tuyos. Yo. No el gobierno, no tal o cual partido, no tal accidente político que cambiará como cambian siempre los gobernantes al paso del tiempo, en los meandros impredecibles de la historia. Yo no soy de los tuyos.

Y mis hijos no serán dignos de jugar como iguales con los tuyos.

Por siempre jamás.

Me dices que donde yo pensé que era nosotros soy en realidad ellos. Que hay algo en mí que no cumple las altas expectativas de tu fraternidad que sólo pueden alcanzarse siendo lo que tú dices que eres y que yo no soy.

Hazme al menos el favor de no disfrazarlo de altruismo, de dignidad, de valentía, de heroísmo como el de quien lucha contra una verdadera opresión, una verdadera injusticia.

Hazme el favor de no vendérmelo como un derecho tuyo y no mío, ni de contarme tu libertad cuando comprometes la mía.

Por decencia. Digo, si quedara alguna, que los delirios tribales son lo primero que expulsan, antes incluso que a los extranjeros despreciables y, así sea ligeramente, sospechosos.

Y no me pidas mi apoyo, mi aplauso o mi anuencia cuando para tu acto de egoísmo pasas con tu caballo desbocado sobre una forma de vida que, imperfecta y todo, nos habíamos dado juntos para darle amanecer a una larga noche de cuarenta años.

Me dejas con esa forma de vida y sus reglas de convivencia rotas por el suelo para hacerte tu propio futuro sin mí, agazapado tras el foso de ese castillo construido también con mis manos, con mis sueños, con mis muertos.

Ese castillo de todos que hoy declaras tu propiedad privada.