7.9.17

Cuando era nacionalista


En medio de la crisis de Cataluña emprendida a dueto por la derecha más corrupta y la izquierda menos pensante, he visto con horror el proceso que el "Procés" ha provocado en algunos conocidos. Si bien siempre habían sido nacionalistas, no habían asumido el tema de la independencia de Cataluña como asunto de vida o muerte, de honra, de prioridad número uno o suficiente como para pensar en fusilar a más de uno. Ahora, al menos si nos atenemos a su discurso, la posibilidad no está del todo descartada y todo tipo de análisis racional queda excluido del panorama, sustituido por argumentos precocinados cuya fragilidad es simplemente ignorada. En las discusiones, cuando uno de sus argumentos es apaleado hasta desplumarlo, en lugar de responder a la contraargumentación con hechos y datos (ese proceso que distingue al diálogo civilizado, bicho tan escaso que hay gente que no lo ha visto en su vida), echan mano a la faltriquera y sacan otro argumento que no tiene nada que ver con el anterior, y se quedan como si hubieran vencido un debate sobre física relativista con el propio Einstein.

Ante el espectáculo, que hallo profundamente bochornoso y en extremo peligroso, no puedo sino recordar cuando yo era nacionalista, una época que ahora se me asemeja a cuando pensaba que realmente los Reyes Magos traían regalos a mi humilde casa y que cierta irregularidad en la alfombra de nuestra vivienda en un tercer piso era la huella del elefante de Gaspar (¿o era Melchor?), antes de que me convirtiera, pues, en crítico de toda forma de nacionalismo, sobre todo las que acaban rompiendo la ley, los escaparates o la crisma del vecino.

Yo fui nacionalista de una variedad especialmente ponzoñosa, nacionalista mexicano. Para quien no conozca el país a fondo, hay que aclarar que el nacionalismo desbordante no es una opción para quien nace allí, es una obligación incuestionable. Bastaba ser inscrito en la escuela (privada o pública, tanto da) y uno se veía (supongo que todavía) sometido a una indoctrinación digna de los responsables de control de la población de Kim Jong-un. Toda la narrativa histórica se presentaba como una permanente final de fútbol entre nosotros y "ellos", donde el árbitro estaba con ellos, jugaban en casa, eran el doble de jugadores que nosotros, la cancha estaba en una empinada cuesta (donde nuestra enorme portería estaba abajo y la diminuta de ellos en la cima), y todo iba tan en contra nuestra que el mero hecho de no ser goleados era digno de églogas trémulas y pomposas. No por nada las batallas ganadas por el país son escasas, cosa terrible para la vocación militar de todo patriotismo, de modo que celebramos con entusiasmo una, la de Puebla, el 5 de mayo de 1862, contra las tropas francesas... que en el partido de vuelta un año después también en Puebla nos dieron hasta con la bacinica y entraron hasta la Ciudad de México instalando el imperio del que hablo luego. Nadie celebra la segunda batalla de Puebla, por supuesto.

Una clásica ceremonia de la bandera un lunes en una escuela mexicana.
Los lunes comenzaban con los honores a la bandera. Antes de entrar a clases, formábamos filas (muy militarmente, todo nacionalista alberga en el corazón a un sargento segundo con acidez estomacal), sonaba el himno nacional y los mejores alumnos (escuadrilla de insoportables) salían marchando formando la escolta de la bandera; el o la más insoportable era abanderado y nosotros saludábamos al sagrado rectángulo de raso con la mano haciéndole techo al corazón mientras unos pocos soñaban con ser miembros de la escolta y la mayoría soñábamos en darles en la cabeza a los de la escolta con la pulida astabandera de latón que paseaban con la enseña patria. Llegaban al centro de la "asamblea" (así les llamaban, luego conocí las asambleas de las universidades y la palabrita ya nunca me pareció respetable del todo) y entonábamos una horrenda marcha cuya letra fue perpetrada por una profesora hija de un militarote (como debe ser) con pasajes tan estremecedores como "Es mi bandera la enseña nacional/Son estas notas su cántico marcial..." Más música militar, más paseo de la escolta hasta que la bandera volvía a su urna de cristal en la oficina del director y nosotros íbamos finalmente a clase.

Todos los lunes.

Todos los putos lunes de todas las putas semanas lectivas de toda la primaria y secundaria.

Seguramente en parte por eso hallo profundamente detestables todas las organizaciones de intoxicación infantil, desde el Opus Dei (por donde también pasé, pero ésa es otra historia) hasta los pioneritos de la revolución cubana.

Esto era el caldo de cultivo donde crecía --y crece-- un patriotismo patológico. Recuerdo especialmente cómo era necesario (lo decían los profesores, lo decía la televisión, lo decía nuestra familia) estar orgullosos de "lo que México le dio al mundo". Y uno se sentía uno de los artífices que habían diseñado genéticamente el tomate y el chocolate, los que habían desarrollado el maíz, los fabricantes de aguacates. Qué orgullo enorme había que experimentar por haber nacido en un país donde, cuando no era un país ni una nación ni nada por el estilo, habían aparecido ciertas especies vegetales y animales. ¿No es absurdo sentir orgullo por algo así? Pues de ese calibre había desde un refranero que no sabe uno si es de exaltación o de alivio ("Como México no hay dos") hasta uno directamente previo a intercambiar manazos con quien se tercie ("Viva México, cabrones"), una mezcla continua de mitos autocomplacientes. Uno en particular es escalofriante: "El himno de México es el segundo más bonito del mundo, sólo después de la Marsellesa"... dos himnos nacionales que engloban todo lo más aborrecible que pueden tener en cuanto a xenofobia, brutalidad, militarismo, sangre y odio.

Y está el mito ése de ser "100% mexicano" que es totalmente absurdo en un país con cuando menos 56 grupos etnolingüísticos indígenas (diferenciados culturalmente, siendo la mayoría mestizos, es decir, con ancestros españoles cercanos o lejanos además de los indígenas), un alto porcentaje con ancestros esclavos negros del África occidental y una incesante aportación de inmigraciones más bien desordenadas de todo el mundo. Yo mismo mezclo raíces eslavas por un lado e indígenas y asturianas del otro aunque, locuras del nacionalismo, en una cultura profundamente racista dividida entre los que desprecian lo indígena como inferior y los que lo exaltan como indudablemente superior, ambos cayendo en juegos ahistóricos y fantasiosos.

No digo que el mexicano sea un nacionalismo más tóxico que, digamos, el argentino, el catalán, el vasco, el español, el bávaro, el piamontés o el bielorruso, que seguramente son de quitar el aliento, pero como a los demás sólo los conozco de lejos, hablo de éste porque en él formé toda una cosmovisión de confrontación con el mundo de la que me tomó buena parte de mi vida adulta desembrazarme. Estuve convencido, y nadie a mi alrededor lo ponía en duda, de que éramos permanentes víctimas de ese "ellos" malvado y cruel, esos extranjeros sin los cuales, claro, seríamos el mejor país del mundo, el que tendría más premios Nobel (tres, los demás, al no existir, tendrían cero), con la gente más alta, más simpática, más guapa, mejor vestida y más listarraca del planeta.

Idealización de la guerra México-Estados Unidos de 1847-1848.
Las guerras son muchísimo más horrendas, claro.
Allí estaban ellos para impedirlo. Los españoles que "nos" habían conquistado (aunque eran nuestros ancestros, hazaña impresionante de disonancia cognitiva y esquizofrenia creativa), los franceses que "nos" habían invadido (porque otros mexicanos más tontos habían ido a Europa a buscar un emperador para poner en orden al país, vamos, que la intervención militar de Napoleón III para imponer un imperio no desembarcó en Veracruz por haber tomado la salida equivocada en una rotonda o glorieta) y, por supuesto, estaban, están y estarán los estadounidenses. Que no se llaman estadounidenses, se llaman gringos.

Los gringos ponen a prueba continuamente el vibrante ser nacional mexicano. "Nos" robaron medio país (sin duda alguna, pero con la invaluable ayuda de un mamarracho como Antonio López de Santa Anna --que entre otras cosas impidió el posible triunfo en la guerra contra EE.UU.-- y a quien el país le agradeció sus numerosos atropellos, burradas y delirios de grandeza eligiéndolo presidente once veces, así que a la hora de repartir culpas igual nos dejamos el plato medio vacío), pero también resulta que sin el apoyo de los gringos, la guerra contra los franceses no habría salido como salió (el país se salvó por un pelo de rana de ser colonia gala), y lo de la independencia igual tampoco habría resultado tan exitoso. Pero los gobiernos de los Estados Unidos también habían practicado en México primero el colonialismo económico (con la ayuda más que entusiasta de Porfirio Díaz y todos los que lo rodeaban durante su breve presidencia de 34 años, a la que llegó con un programa antireeleccionista) y ya luego la intervención militar directa dos veces a principios del siglo XX (la toma de Veracruz y la fallida persecución de Pancho Villa que sirve para que presumamos también de que "México es el único país que ha invadido a Estados Unidos", lo cual tiene imprecisiones como para otra entrada). Y, finalmente, promovieron el neoliberalismo más cavernario en el país (imposible sin el concurso de sujetos despreciables como los presidentes De la Madrid, Salinas y Zedillo que amaban al vecino y los ingresos que les produjo).

No hay relación amor-odio como la que une y separa a los mexicanos y a los gringos, como corresponde al único lugar donde el "tercer mundo" (los países pobres, jodidos, de democracia cuestionable, oportunidades inexistentes y costumbres indignas de la gente bien) hace frontera con el "primer mundo" (los ricos con abundante pobreza, democracia consolidada, oportunidades y costumbres indignas de la gente bien). Una frontera larga y porosa donde Donald Trump quiere poner un muro porque no tiene idea ni de qué es ni cómo es (por ejemplo, que 2.000 de sus 3.800 km de frontera son un puto río). Si allí no hay choques de sociedades, culturas, costumbres, envidias, intercambios, ejemplaridades y manazos, no los habría en ningún lado. Una gran parte del nacionalismo mexicano se apoya en la existencia misma de los vecinos del norte, en la admiración o el desprecio al gringo como hecho ineludible.


Pero uno llega a darse cuenta de que sentirse orgulloso por lo que hizo una u otra persona o grupo que vivieron más o menos en el mismo espacio geográfico en el que lo parieron a uno es totalmente absurdo. Que la historia está compuesta de accidentes y que ni nuestros héroes son tan ejemplares como quieren los que hacen los libros de texto ni los villanos "otros" son tan diabólicos y demoníacos como nos los pintan (se aplican excepciones, por supuesto). Y llega a darse cuenta de que la mitología nacional no se distingue en nada de la mitología racial o religiosa: es irracional, se basa en historias de veracidad más que cuestionable y por supuesto le cierra a uno las fronteras y la capacidad crítica para abordar lo que de esperpéntico tiene la propia sociedad y cultura. De allí que yo no gane concursos de popularidad por mis dimes y diretes con Cantinflas y Chespirito, por poner un caso, que se plantean como referentes indispensables de la mexicanidad aunque si pienso en la gente que me rodeó durante mi vida allá, resulten tan ajenos a todos nosotros como los ídolos de Bollywood. O que haya encontrado divertida la lucha libre como entretenimiento basto y curioso de gran habilidad acrobática, pero que me niegue a considerarlo una cumbre de la gloriosa cultura nacional, que vamos, hombre, un poco de perspectiva. Y puede uno finalmente hartarse --y confesarlo-- del mariachi, de Frida Kahlo, de Octavio Paz (sobre todo), del bolero, de los referentes obligados, de la creencia religiosa en una "edad de oro del cine mexicano" más falsa que un peso con la cara de Putin (esto en 2017, mañana quién sabe), y así sucesivamente.

Liberarme del nacionalismo me representó un enfrentamiento como el que viví cuando confesé mi ateísmo a mi familia de rosario y misal, pero peor. Porque en la religión nunca había creído, ya lo he contado, pero la Patria sí había sido parte de mi universo mítico, la idea de estar en una "tierra bendita de dios" cantada por Negrete, la paranoia chauvinista, eso sí había sido mío y era necesario abandonarlo junto con otras supersticiones. Porque la nación es una forma de superstición.

Ser nacionalista finalmente equivale a desterrarse uno mismo de la mayoría, de la vasta mayoría de la experiencia humana, a asumir como ajeno todo el bosque de nuestra especie en su delirantemente variada realidad social, cultural, política, histórica y humana, salvo por una minúscula astilla que consideramos que, por ser "nuestra" (y no lo es) contiene de manera mágica todo el destilado de lo mejor del bosque al que le damos la espalda. Es confundir el accidente con la identidad, lo episódico con lo esencial.

No es raro que resurjan los nacionalismos hoy, por supuesto, y que haya procesos de radicalización que ponen en riesgo amistades, escaparates y cráneos ajenos. Primero, vivimos la época del populismo y la nación es un fulcro esencial del populismo: no es necesario justificarla con nada, es lo que es y es a la vez "nuestra" y "nosotros", y nos separa claramente de "ellos". Segundo, vivimos la exaltación de las identidades, de la calificación de los individuos por su pertenencia a grupos basados en lo que son o sienten ser (por color, raza, sexo, género, nacionalidad, regionalidad, preferencia sexual, peso corporal, estatura, dieta) sin que importe la actividad (lo que se hace, piensa, sueña o emprende, el trabajo, la militancia por las mejores o peores ideas). Tercero, vivimos la era de la legitimación de las supersticiones en nombre de la ideología, tema precisamente de mi libro La izquierda feng-shui. El nacionalismo tiene así techo, lecho y mesa para crecer rozagante.

En la peculiar España, el nacionalismo, sin embargo, fue apropiado por la dictadura fascista de Franco y las víctimas prefirieron, antes que recuperar su mitología nacional, regalársela a los fascistas y refugiarse en el regionalismo. "Sentirse español" es casi declararse franquista y mala gente. Lo guay es sentirse catalán, gallego, murciano, valenciano, asturiano, vasco o, si mucho me apuras, sentirse de la aldea de 25 casas donde uno nació y escupir para todo lo demás.


En España poca oportunidad he tenido de ser nacionalista, porque cuando llegué hace 20 años ya era crítico del nacionalismo. Esto me ha servido para ser acusado, incesantemente, de españolista. Cuando discuto sobre el tema con nacionalistas regionales, casi nunca he logrado que se entienda mi oposición a todo nacionalismo. Con la estrechez indispensable de toda visión patriótica, mi posición se entiende como contraria a su nacionalismo y, por ende, a su nación y sólo a ésta. Y están habituados a que quien se opone al nacionalismo e independentismo catalanes sea, a su vez, nacionalista español, así que se me asigna el papel y esto causa enormes tranquilidades epistemológicas en quienes, de otro modo, se verían obligados a cuestionar las raíces de sus sentimientos, tan nobles, tan sólidos y tan aterradores.

Y entonces me acuerdo de nuevo del hombre de la gorra de la película Cabaret. Cuando un rubio y bello miembro de las Hitlerjügend entona la canción "Tomorrow belongs to me" ("El mañana me pertenece") y va contagiando a los presentes, que se adhieren con entusiasmo creciente a las vibrantes notas patrióticas y dulces: "Oh patria, patria, muéstranos la señal, tus hijos han esperado para ver la mañana en que el mundo será mío. El mañana me pertenece". Y arroba a todos menos al hombre de la gorra, anciano curtido que, habiendo visto los estragos de otras guerras y otras pasiones nacionales, se queda sentado con su cerveza, desolado, sabiendo cómo es el rostro del futuro nacionalista y enardecido que viene.

Hace años le escribí algo a ese viejo que me vale para todos los himnos y todas las patrias.

No cantaba 
El viejo de la gorra no cantaba,
reconocía el dolor -viejo adversario-
por el aroma agrio del cuchillo
y el pétalo muerto palpitando
No cantaba
y la noche asaltaba la mañana
y no cantaba
Las voces jubilosas claudicando en triunfo
y no cantaba
El veneno en las palabras
no cantaba
El vaho de la muerte en percusión
y no cantaba
con los ojos desbordados de memoria no cantaba
con sus amigos muertos a la espalda no cantaba
con la indignación del débil no cantaba
con el temblor militar y no cantaba
Lo miraban con ojos de visillo y no cantaba 
Cuando vienen los jinetes ácidos
la madrugada corta los helechos
y se lleva los leños del hogar
la leche fresca
los zapatos desgastados
la promesa
el peso del martillo y el año próximo
no cantemos por enorme que sea el coro
que un solo ser humano en su silencio
puede llevar al mundo a sus espaldas
contra la mentira pintada de sonrisa
contra la impiedad y su túnica de niebla
contra los que condenan al mundo a ser salvado
contra el odio agazapado tras un beso
No cantemos
Cabaret, 1972, dirigida por Bob Fosse.